Sesión 21: Un mundo de fantasía


· EL QUE SE VA SIN QUE LO ECHEN...
· HACIENDO NADA
· GENTE DE LA NOCHE
(· EL BARCO INCENDIADO)
· UN MUNDO DE FANTASIA
· LA REALIDAD
· ¿ENERGIAS O ENERGIA?
· HACE LO QUE PUEDAS

Es tarde pero camino despacio. Cuando llego la veo parada en el pasillo mirando por una ventana.
–Hola –le digo, acercándome a ella por un costado.
–¿Qué tal Clara? –me responde muy tranquila.
–¿Qué tal?
–Bien, ¡vamos al consultorio!
–Sí –le digo, algo confundida. No es habitual verla fuera de su consultorio, de su silla–. ¿Llegué muy tarde? No, ¿no?
–No, no, pero cuando salgo… esto no se ve –me señala algunas cosas sobre el escritorio–, pero trato de dejar así que no se vea aunque estaba mirando desde allá, porque si vos dejas las cosas te las roban. Entonces…
–Sí. Igual no se van a robar un reloj –le digo incorporándome y mirando el reloj pulsera que siempre tiene sobre la mesa inclinado para ir viendo la hora durante la sesión.
–Capáz… –me responde mirando el reloj también, un poco inclinada hacia adelante.
–¿Cómo?
–¿Por qué no? Sí es lindo –levanta el reloj, lo mira y me lo muestra–, no sé, hay gente a la que le han robado una agenda, ¿para qué querés una agenda de otra persona?
–Sí –me vuelvo a apoyar en el respaldo–. Bueno, para arruinarle la vida.
–Qué sé yo.
Nos miramos un rato, ella sonríe.
–Venir acá es como madrugar para mí –ahora se ríe un poco como si hubiese hecho un chiste, yo suspiro, estoy un poco cansada–. Sí… Queda mejor con la ventana abierta.
–Sí, pero a veces cuando hace muchísimo calor entra mucho olor a… a caca de gato, y hay muchas moscas –ahora ella mira la ventana.
–Ah –digo, moviendo la cabeza y esforzándome por no quedarme dormida.
–Ahora como no entra ninguna de las dos cosas, dejo abierto.
–Sí –ahogo un bostezo y para disimularlo me quedo mirando por la ventana, pensando en qué podría decir para activar un poco la sesión.

EL QUE SE VA SIN QUE LO ECHEN…
–En el trabajo una amiga me habló de algo así como un reencuentro familiar y…
–¿Una amiga? –me interrumpe mirándome de reojo con la cabeza todavía en dirección a la ventana.
–No es amiga, es una compañera de trabajo.
–Ajá.
–Es como en Facebook, que nos llamamos “amigos”, no sé. Y…
–No, como decís “un reencuentro familiar”, ¿de ella con su familia o…?
–De ella con su familia, y me hizo pensar en… dije “¿qué onda si yo llamara a mí familia?”, y después dije “sería más de lo mismo”, porque la situación es tipo mi hermana en la cima y todos van hacia ella. Y ella nunca llama, nunca nada, como si no necesitara a nadie.
–Uhum.
–Y ahí perdí todo el interés de vuelta. Es como “el que va sin que lo llamen…” ¿cómo es? ¿“el que viene sin que lo llamen”?
–“El que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen”.
–Ah, es al revés.
–Por lo menos eso escuché.
–Así que es al revés.

HACIENDO NADA
–Bueno, este fin de semana no hice nada, me dediqué a no hacer nada.
–¿El fin de semana?
–Sí, le llamo fin de semana a…
–Pero, ¿qué, no trabajas el fin de semana?
–Sí, pero es como… el fin de semana sí. Tengo francos a veces martes, a veces miércoles, a veces lunes. Y medio como que a eso llamo fin de semana.
–Ah.
–Y me dediqué a no hacer nada, pero… ¡nada! No lavé la ropa, no… ni una cucharita. Y… no sé, me di cuenta que los departamentos son muy chiquitos. Por ejemplo el de… no sé, en el lavadero entra el lavarropas y el calefón arriba, nada más.
–Bueno, al menos tenés la suerte de tener un lavadero, y un lavarropas en el lavadero.
–Sí, pero en realidad es más incómodo, porque la cocina es una especie de pasillito que tiene en el medio una cosa para que pongas el lavadero y arriba el calefón. O sea, si no estuviera esa cosa sería lo mismo.
–Bueno, yo me refería más que nada al patio para poner un lavarropas, porque en un departamento, en una cocinita mínima, no hay ningún espacio para poner nada.
–Sí, ¡es peor!
–Y tenés que ir al LaveRap.
–Sí.
–De todas maneras podés decir “no voy a lavar la ropa”.
–Sí, pero no fui ni al LaveRap,  ni lave la ropa, no hice nada.

GENTE DE LA NOCHE
–Me dediqué a  mirar mails por ejemplo. La verdad es que no me escribe nadie –digo y me río–. Me escriben algunas compañeras de trabajo y algún que otro cliente…
–¿Te escriben? ¿Qué?
  –Algunas compañeras de trabajo y algún que otro cliente. Pero es como más de lo mismo, es como… no sé. Como que no les importa la vida personal. Hace un tiempo me encontré con… –me río un poquito, tengo sueño y la sensación de estar un poco volando, divertida–, con un tipo así que había ido al bar, en un bar cualquiera, no sé. Y…
–¿Qué había ido al bar donde vos trabajas?
–Claro, quedamos en encontrarnos. Y… –suspiro, pestañeo, sonrío–, no sé, llegué y obviamente él no estaba alcoholizado, yo tampoco, entonces él estaba como bastante más abajo. Como una situación de “bueno, ¿a ver?, divertime”.
–¿A ver…?
–Divertime, ¡como si yo tuviera cara de payaso! Y me di cuenta que ese tipo de relaciones son como contratos, en donde te pago para que me diviertas o te doy mi tiempo para que me diviertas, no sé. Tenía ganas de hacer otra cosa, de conocer a alguien. Bueno, y con esta compañera que me habló de ese reencuentro con la familia… –la miro de reojo, con desconfianza–. Ella está como un poco apurada, tiene una hija.
–¿Está un poco…?
–Está como un poco apurada y tiene una hija. Entonces como que… y por ejemplo participa de un chat. Eso por ejemplo a veces miro cuando miro mails. Es raro, es como una especie de catálogo de personas en donde ella tiene un perfil y la gente tiene perfiles y… y ella hace una especie de top ten y, por ejemplo, me dice “ay, hoy me escribió el seis pero yo estoy esperando que me escriba el diez”. Como una cosa así. La verdad es que me parece como un trabajo tener que estar mirándole el currículum a alguien, y ver… qué sé yo. Y es difícil también porque tengo horarios muy complicados, tipo un día a las tres de la tarde ¿quién puede?, todo el mundo trabaja a esa hora.
–Uhum.
–No sé.
–Ah, entonces sería como madrugar.
–Para mí sí, ¡sería un horror!, la otra persona... no sé.
–Porque justo dijiste a las tres de la tarde que era una hora en la que podías…
–Y, cuando me levanto. Y un rato antes de ir a trabajar. Después pienso que cuando falto al trabajo es porque me siento mal, nunca falto por algo bueno, por ejemplo porque me encuentro con alguien.
–Mjm.
–Y pienso que no falto al trabajo porque tengo como deudas por un lado, y por otro lado, es como mucha competencia ahí adentro. Hay chicas de 20 años, o sea que si yo no estoy un rato es como que desaparezco –ella me mira en silencio con los extremos de la boca como clavados en una sonrisa extraña–. No sé, debo muchos meses de expensas por ejemplo. Y en un momento que no tenía plata me presentó otra compañera de trabajo y me cuesta mucho devolvérselo, porque tengo que quedarme más tiempo en el trabajo y la verdad es que me agota mucho ese trabajo. Entonces a veces hacemos intercambios que son, yo la cubro cuando… así, repentinamente no puede ir, y ese tiempo equivale a una parte de esa plata.
–Uhum –ella no habla e insiste en mirarme con un gesto que me hace pensar en que no termina de creer en lo que digo.
–Entonces es como bastante agotador el trabajo. En ese sentido, el de la venta era como menos agotador porque no había este límite de edad, no sé. Pero…
–Sobre todo porque había algo concreto que vender, ¿no?
–Claro, las chicas tienen cosas concretas que vender, yo lo que vendo es chamuyo. No sé, es realmente agotador.
–Claro, porque es también una forma de venderse sin venderse, ¿no?
–Sí –digo entre bocinas y sirenas, con la ventana abierta se escuchan muy fuerte, más que de costumbre.
–Es, si querés, bastante…
–Pero es agotador en el sentido de que tenés que, por ejemplo, bancarte los chistes de los tipos que te dicen “ah, vos venís a hablar porque ya estás vieja”. Y tenés que decir “ja ja”, y seguir, como que no te dijeron nada. No sé.
Nos quedamos un rato mirándonos mientras escuchamos una sirena desde que empieza a sonar hasta que se aleja y se funde con el resto de los sonidos de la calle.
–Igual es el mismo trabajo: es “ventas”.
–Pero vos no tenés ganas de trabajar en otro lugar.
–¿En qué?
–En algún local –carraspea la garganta.
–¡Es que ya lo hice!
–Por eso, no tenés ganas de volver a trabajar de vendedora en algún lugar menos… “apestado” que Avellaneda, digamos. Por ahí en algún local por Belgrano o Barrio Norte… donde hay locales más lindos y menos…
–No sé.
–Eso de ir a comprar lo más barato o… Viste que si vas a comprar algo no estás viendo las vidrieras, digamos. Pero vos no tenés ganas de trabajar de vendedora en un local...
–Más allá de que tenga o no ganas… –la interrumpo pero sigue hablando.
–…aunque estés re podrida
–¿Cómo?
–Que estás trabajando un montón de tiempo y te tiene re podrida ese trabajo –me dice con cierta impaciencia incorporándose y estirando el cuello hacia la ventana.

(EL BARCO INCENDIADO)

–Sí, pero aparte tenga o no ganas, con mi currículum, mi edad… lo que consigo no es algo mucho mejor. También voy a tener que estar trabajando nueve o diez horas.
–Viene como un olor raro…
–Sí, es que… –miro también por la ventana.
–Puede ser por el incendio, ¿no?
–Ah, ¿sí? ¿Qué pasó con lo del incendio?
–Se incendió un barco –suspira.
–¿Un barco?
–Una parte de un barco en Puerto Madero que tenía un conteiner con mercadería, entonces parece bastante peligroso porque puede llegar lejos con una temperatura alta, no es lo mismo seis grados que treinta y cuatro… Entonces con el fuego ese cerraron toda la parte del centro hasta Tribunales y toda esa zona. Pero hasta ahora no había emitido ningún olor y ahora sí. No sé qué habrá pasado –dice, incinándose más sobre la mesa.
–¿Lo de la lluvia habrá sido mejor o peor?
–Claro, parece que la lluvia algo ayudó… pero no sé, ese olor…
Con tranquilidad se levanta de la silla y va hacia la ventana.
–Igual, si cerras no va a dejar de entrar.
–No, estoy viendo si viene el olor de afuera… –dice, asomándose y levantando la nariz– o de adentro.
Cuando termina de cerrar la ventana vuelve a su silla, se acomoda y me mira con mucha tranquilidad, como si ya no hubiera olor dentro del consultorio. Al menos se escuchan más bajas las bocinas.

UN MUNDO DE FANTASIA

–Pienso que es como un mundo de fantasía, todo eso. Todo. Como que uno se arma una especie de fantasía y vive ahí. Cuando sos chico…
–¿Para sobrevivir?
–En general. Cada uno tiene como su propia visión de las cosas, como que es todo bastante fantasioso, es lo que cada uno quiere ver. Llamémosle… ¿subjetividad? Y… no sé, cuando sos joven es más fácil creártelo, pero cuando sos grande es como…
–¿Qué es más fácil cuando sos joven?
–Proyectar, así… –hago un gesto con la mano extendiendo el brazo hacia la puerta–. Nada, todo eso del mundo de fantasías.
–Claro, pero proyectar demasiado tiene como un componente de fantasía, pero otro de realidad ¿no?
–¿Pero qué?
–Pero otro de realidad.
–Ah. ¿Y qué es la realidad? Por ejemplo, yo pienso en que la gente normal que está de día, qué sé yo, es normal porque son más o menos… parecidos y son más, y hay como cierto consenso.
–Claro, pero ¿vos te referís a la normalidad estadística?
–Sí. A la normalidad del… sentido común.
–¿Desde el sentido común?
–A ver, desde el sentido común, ¿qué es normal? Y una persona normal es una persona que más o menos se maneja con los parámetros que se manejan más o menos todos.
–Diríamos… Una persona adaptada, sería.
–Por ejemplo, lo de los horarios. Trabajar en el horario que trabajo lo que hace es que me encuentre con gente, o sea que mis relaciones o la gente con la que estoy es la gente que trabaja en el horario que yo trabajo.
–Uhum.
–Y, gente como yo. La verdad es que no tengo ganas de… –la miro un segundo antes de seguir intentando descubrir algo en sus gestos, pero me escucha inexpresivamente–. No sé, cuando pienso en conocer a alguien… y  no tengo ganas de conocer a alguien como yo.
–¿Conocer a alguien como pareja o conocer también a alguien… a una amiga?
–¡A alguien, algo, para compartir algo! La mayoría de la gente en el mundo en el que me estoy manejando ahora no le interesa nada personal, como que es más… todo como ese mundo de “ay, que… sí…” –no digo nada pero hago muchos gestos.
–¿Personal tiene que ver con persona? Vos hablás como, cuando describís lo que pasa… hablás de una relación muy cosificada.
–¿Muy?
–Cosificada.
–Sí. Porque estás vos, si ya no les divierte te corren y ponen a otra que lo divierta, no importa, la idea es que haya alguien que divierta, no importa si sos vos o quién.
Nos quedamos bastante tiempo en silencio. Ahora, con la ventana cerrada, pueden oírse los sonidos del pasillo.

LA REALIDAD

–No sé. Un punto en donde… siento que… ¿qué es la realidad?
–Te remito a la filosofía.
–¿Cómo?
–Te remito a la filosofía. No soy yo quien te va a dar la respuesta de qué es la realidad.
–Pero como una “persona” –acentúo la palabra subiendo un poco el labio superior por uno de los lados, pero ella no contesta, se queda mirándome muy seria–. No sé, a veces veo a la gente y digo “reacciona de esta manera ante esta realidad, pero podría reaccionar de otra manera…”
–Mjm.
–Y seguiría siendo real. Y la realidad sería otra. Entonces, no sé.
–¿A “la realidad” te referís a “tu” propia realidad?
–En general, qué sé yo. Desde mí yo veo cosas, y para mi esa es la realidad, y tal vez alguien que ve lo mismo que yo ve otra cosa, y la realidad es otra.
–Uhum –me dice y se queda esperando con una sonrisa casi imperceptible.
–No sé.

¿ENERGIAS O ENERGIA?

–Y, esta cosa de la que me hablás, ¿te angustia?
–Me agota un poco… Bueno, hablé de varias cosas, no sé a cuál te referís.
–De varias cosas pero en general más o menos apuntando a lo mismo, ¿no? ¿Qué hacer con tu realidad?
–No sé, por ejemplo hoy agarré la guitarra y dije “voy a hacer algo”. Tipo para ver si podía armar… no sé, ver. Y la verdad es que no hice mucho.
–Claro, pero me parece que si la agarrás de vez en cuando, no te debe quedar ni… digitación, ¿no?
–Puede ser. Pero si no tengo muchas energías mucho no puedo hacer.
–Mjm –me mira de costado y se lleva una mano a la boca–. ¿Energías o… energía?
–¿Energías o qué?
–Energía.
–¿Energía? –me dice que sí con un gesto–. ¿Cuál es la diferencia aparte de que una está en plural y la otra en singular?
–La energía… digamos “física”, que es igual a tener un estado físico, o la “energía” como motor para hacer.
–¿Y cómo hago para enterarme cuál de las dos es? Porque para mí son las dos. Que también puede ser que sea una que esté influenciando a la otra.
–Y… ¿de qué manera influenciaría?
–¿De qué manera qué?
–¿De qué manera influenciaría una a la otra?
–Y, por ejemplo… si estás así sin muchas ganas de hacer nada, te sentís muy cansada y te vas a dormir. Ahora, si tenés el cuerpo muy cansado no te dan ganas de hacer nada.
–Mjm. ¿El cuerpo?
–O la mente, la mente es parte del cuerpo. Si estás como agotado… ¡estás agotado!
–Pero, me refería a si el agotamiento físico tenía que ver con esta cantidad de horas que estás trabajando, en un horario que no es natural, en un bar. Eso depende del organismo de cada uno. Estem… o si… tiene que ver la… la desilusión de la que hablás con este trabajo en el cual quierías hacer otras cosas.
–Pero no puedo hacer otras cosas –digo con una tristeza algo forzada.
–Por eso, si tiene que ver con lo que vos me decís de que una de las partes o energías influía a la otra, que… con esta sensación de desilusión, donde “todo es igual, nada es mejor”, ¿no?

HACE LO QUE PUEDAS
–Es que es un mundo bastante ingrato, o sea… si no naciste con ciertas facilidades, es como bastante difícil dedicarte a hacer lo que te gusta. Primero tenés que pagar muchas cosas, y para cuando pudiste lograr toda una estructura para poder hacer un poco de lo que te gusta, ya estás cansada. Y si es que pudiste hacer algo o armar algo, porque también viene toda tu historia que hay que ver si… si tuviste como… una contención para que puedas entender qué es lo que querés y tranquilamente…
–¿Una contención decís?
–¡Qué sé yo! La familia, por ejemplo.
–Claro, pero vamos a dar valor a las palabras que se usan, porque si no da lo mismo una que otra, ¿sí?
–Mjm.
–Estem… Vos, de la manera en que pensás, cuando decís contención sería una de las cosas de las que habrías sido privada. Pero no la única.
–¿Qué más, por ejemplo?
–No sé qué más, vos decís “privada de todo”, como que “la familia” no te dio la contención… das cuenta de que no te alimentó.
–No me facilitó nada, no me dio herramientas. Fue tipo “hacé lo que puedas”. Y lo que pude hacer… son las herramientas que tengo, con las que tengo que mover toda una maquinaria enorme en un lugar que no me gusta ni me interesa, sea el local, sea acá, o lo que sea, para poder disponer de algo, que encima es lo mínimo, para ver si de ahí en más puedo hacer lo que me gusta. ¿Y de ahí en más que tengo? O las horas de sueño, que no las puedo restar porque lo otro es muy pesado, o… no sé. Como que no tengo nada. Porque buscar otro trabajo es de vuelta lo mismo, con la experiencia que tengo y todo es como otro trabajo de nueve o diez horas, que aunque sea… de día, de noche, con más o menos gente, con la gente que hace así o hace así, ¡son diez horas!, ¡todos los días! No me queda tiempo o ganas de hacer algo que lleva muchas energías porque hay que… como… no sé, tener…
–Es como si dijeras que… a una persona desnutrida se le exigiera hacer...
–Que sea el primero en las olimpiadas. Si no, no.
–Ahá –levanta la mano a la vez que se recuesta en el respaldo de la silla–. Pero como una presión interna, porque las olimpiadas son como una especie de…
–Estoy hablando de… como un contraste, no como…
–Claro, porque cuando vos describís lo que pasaba y pasa en tu familia es este “arreglate como puedas”, o una descalificación continua cuando eras chica, de las cosas que vos hacías que avergonzaban a tu mamá. Y para tu mamá que… parece que todo era muy malo. Entonces hablas desde la desnutrición afectiva, “¿cómo quieren que yo quiera si nadie me quiso?”.
–Pero es como un… no sé, a una persona que vivió toda la vida haciendo lo que puede y qué sé yo, de repente le dicen “bueno, a ver, hablame en italiano”.
–¿A ver?
–“Hablame en italiano”. ¡Qué sé yo!, ¡nunca hablé en italiano! No sé. “No, entonces no entrás”. Cosas así. “¡Cómo no hablás en italiano! ¡Cómo es posible que con la edad que tenés no hablás italiano, y no podés aprender italiano rápido, y hablar fuerte y claro!”.
–Por ejemplo… –dice, ahogando un bostezo–, ¿quién te demanda ese “hablar en italiano”? ¿Cuál es la demanda real que vos tenés?
–La demanda real es que estoy en un mundo en donde hay como una… ¡no sé!, está arreglado de una manera en que tenés que hacer las cosas de determinada manera para poder participar alegremente, contento, tranquilo, o como quieras llamarlo. Y yo no puedo cubrir ni la mitad de las cosas de eso, porque si yo quiero tener una casa donde ir a dormir tengo que trabajar un montón de tiempo, y si quiero tener… o sea, ¡todo eso me sale muy caro, es todo mi tiempo y todas mis energías! No es que dicen “ah, bueno entendemos que…” ¡Y no lo digo por mí, lo digo en general! Hay un montón de gente que está igual. O sea, como “lo siento, les tocó eso”, “andá a laburar y limpiá todo, todos los días, todo el día, ¡te tocó así!” ¡Como si tuvieras la culpa!
–Entonces,  ¿qué sentido tendría esto que vos decías de que el franco o el fin de semana o como quieras llamarlo, no hiciste nada?, ¿no? Este método para no hacer nada en todo el día. El fin de semana, o el día que te queda para vos, también tenés una cantidad de obligaciones.
–¿También tengo qué…?
–Una cantidad de obligaciones, porque…
–¡Y porque el resto de los días no tengo tiempo!
–Sí, a eso voy.
–Y aparte con que te den un día de franco es obvio que vas a meter todo lo que no haces durante toda la semana ahí, entonces es como que no queda ningún día franco. Porque si por día te dejaran un resto, ese día de franco tal vez podrías usarlo como franco, “tal vez”. Pero no, no te queda…
–¿Qué sería que “te dieran un resto”?
–Y… que te quedan cuando volvés a tu casa, aparte del tiempo para dormir, te quedan cinco horas, seis horas, para hacer algo. No es llegar, ver si como o no como, me baño y me voy a dormir. Y yo tengo bastante suerte, hay chicas que viajan un montón, todos los días van, todos los días vuelven.
–O sea que al final sos una privilegiada –dice entre risitas. Yo no entiendo bien y su risa me irrita un poco.
–¿Cómo?
–De qué te quejas, te digo.
–Míralo de esta manera. Tenés un trabajo, tenés una casa, tenés un franco donde podrías hacer lo que te gustaría, eh… no tenés que viajar tanto como otros, estás ahí y… lo único que tenés que hacer es hablar, no tenés que hacer lo que hacen las demás que tal vez es peor. Nada, se te ve bastante divertida, ¿qué problema tenés?
–Yo no tengo ningún problema.
–¿Yo? ¡Ningún problema! No, ¡no tengo problemas!, soy una persona sin problemas, ¿no ves? –la miro con amargura–. Tengo cara de payaso, incluso.
–O por lo menos te la ponés.
–Es casi como, “a ver, ¿qué cara querés que me ponga?”, “tal”, “bueno, me pongo esa cara”, “¡muy bien!”.
–Deberías vivir una especie de remedo de vida.
–¿Remedo?
–Sí.
–¡Un mundo de fantasías! –ella dice algo que no entiendo pero no me importa–. No sé, todos los días que voy al trabajo vivo…
–Remedar es imitar, ¿no?
–¿Cómo?
–Remedar es imitar. La fantasía es algo… digamos “interno”, o que puede proyectarse o no en algo, pero…
–¡Bueno!
–Pero por lo menos es una especie de refugio.
–Bueno, pero cuando yo voy ahí, toda la gente… o sea, se arma como una cosa en la que finalmente, para poder bancarte eso todos los días, medio que orbitás ahí en una especie de…
–Es una especie de calvario.
–Es una especie de… ¡claro!, en donde todos “ay, ja ja ja” ¡y la pantomima de la diversión! A veces participás realmente, como que te dejas llevar estás “jajá, jajá”, y te tomás un par de tragos y qué sé yo, y a veces si no te podés dejar llevar, hacés “je je” igual, y más o menos funciona.
–Me hace acordar al título de un libro de Quino, que se llama “Y usted de qué se ríe”. Te lo podés tomar como un chiste –dice entre risas–, pero te está preguntando realmente qué es lo que te hace gracia y en realidad… –termina la frase con una voz muy grave.
–A mí me hace acordar a una película que se llama “El día de la marmota”.
–Sí. Por televisión la vi. Además… eh…
–Yo sigo creyendo en que hay personas que aparte de ser inteligentes pueden usar esa inteligencia, y que no todo es tan azaroso.
–Sí. Vos tenés como… sentís como la inteligencia coartada, coagulada, retenida.
–Es que participo de un orden del mundo totalmente desequilibrado, o sea a mí me tocó nacer en un lugar, a otro le tocó nacer en otro, entonces por eso es que yo toda mi vida voy a tener que darle mi tiempo a ese otro, para que me dé la posibilidad de tener un lugar donde dormir y algo para comer, ¡y ya está! ¿Cómo se te va a ocurrir esperar hacer algo que te gusta?  –ella me mira de costado con un gesto que le tuerce la boca hacia un lado y los ojos entornados. Tiene también la cabeza levemente inclinada hacia atrás–. Entre eso y lo otro hay un montón de grises, y a algunos les toca un gris un poco más copado porque también nacen en una situación así pero tienen una familia un poco menos… desamorada, entonces… No sé, tal vez esa capacidad de proyectar y creer en algo les dura un poco más y se pueden bancar toda estructura hasta realmente ponerse hacer algo que les gusta.
–Mjm.
–O creen en que algo les puede llegar a gustar, o creen en que algo les gusta, al menos, y van para ahí.
–Emh… por hoy tendríamos que terminar, pero… –se incorpora y abre una agendita– te quería decir una cosa, yo en enero todavía no sé exactamente qué voy a hacer. A partir de la segunda semana voy a estar de vacaciones. Em… y no sé exactamente… En enero, o en febrero, funcionan acá unos grupos… se arman distintos grupos como para que vos, como para que la gente pueda ir en vacaciones cuando sus analistas están de vacaciones. No se los horarios, pero lo que me temo es que es de mañana… O sea que, si es de mañana vos ya… –me mira esperando una respuesta–. Pero, si no, si te interesa… puedo averiguar a ver si…
–Bueno.
–Porque cualquiera viene cuando quiere, no… no es que tengas que tengas venir todos los días suponte a las diez de la mañana, si no que venís el día que querés, el grupo es abierto, se entra y se sale cuando quieras.
–¿Pero hay por lo menos un psicólogo?
–Claro.
–Ah.
–Es que la gente como está, digamos, su analista está de vacaciones… tiene un lugar donde pueda venir si lo necesita.
–Claro –suspiro y sonrío sin ganas–. Dale. 
–Bueno Clara.
–¿Pero el jueves que viene vengo?
–¿Eh?
–¿El jueves que viene vengo?
–¡Sí! ¡Sí sí sí! Durante todo diciembre yo estoy, en enero no sé si voy a empezar en la primera o en la segunda –me dice mientras nos levantamos.
–Ah.
–Bueno, chau, hasta el jueves –me da un beso y se vuelve rápido a su lugar.
–Hasta el jueves –la saludo desde el otro lado de la puerta.