Sesión 20: Un barrilete de hormigón


· CAMBIOS EN LA SESION
· LA MENTIRA
· UN BARRILETE DE HORMIGON
· LA TRAMPA
· WHISKY Y ETICA
(· CALLEJON SIN SALIDA)

Camino rápido por los pasillos sin prestar mucha atención a la gente que hay mientras escucho las bocinas de la calle. Desde lejos veo que en la recepción una mujer le habla muy fuerte a otra que espera delante de la ventanilla, dice que va a tener que estar un poco pendiente hasta que le avisen que se pasa o no algo que no termino de escuchar porque me asomo por la puerta entreabierta del consultorio y hablo sin ganas.
–Hola.
–Adelante –me responde G. alegremente. Entro y sin querer doy un portazo, después nos saludamos con un beso–. ¿Qué tal? –me pregunta dejando de sonreír.
–Bien. ¿Vos?
–Bien –me responde sin dejar de mirarme seriamente.
–Qué bueno –digo después de esperar un rato a que siga hablando.
–Acá no hacen entrar… –empieza hablando fuerte pero se le va apagando la voz y no termino de entender.
–¿Cómo?
–No hace bien entrar en detalles –me dice seriamente.
–¿Querés contarme?
–No.
–Qué sé yo –espero un segundo a que hable, parece enojada, pero como no dice nada más cambio de tema–. Te cambiaste el peinado.
–Sí, ya llega un tamaño del flequillo que no me deja ver nada, así que me lo tengo que sujetar como puedo –termina la frase riéndose un poco mientras se toca el pelo.
–Sí –sonrío, me acomodo en la silla, espero–. Una pregunta, ¿en las fiestas cómo…? ¿Seguís…?
–Los feriados que existan serán feriados. ¡Ni se cuáles feriados son porque ya no se entiende nada!
–Sí.
–Cada vez agregan feriados, cada vez son más...
–Sí.
–Dicen que van a haber más feriados. El 31 de diciembre, lunes… pero vos no venís los lunes.
–No.
–Y el 24 va a ser feriado… ¡y así todos los lunes!
–¿Son los dos lunes?
–¿Eh?
–Los dos son lunes.
–Los dos lunes. De todos modos, acá siempre el 24 y el 31 son asuetos, así que…
–Claro.
–De todos modos, es feriado.
–No, la pregunta era por si vos te ibas, o qué sé yo.
–No, no, en enero me voy de vacaciones pero todavía no sé bien las fechas. Me tengo que fijar, la verdad es que ahora no me acuerdo, no lo sé... No, la verdad es que no lo sé. Así que por ahora estamos… por lo menos un mes más.
–¿Por lo menos?
–¡Un mes más!
–Sí –digo y me quedo callada un segundo, ella me mira con el ceño fruncido–. Tengo los oídos tapados, no escucho bien.
–¿Perdón?
–Que no escucho bien –digo entre risitas.
–¡Ah…! Por eso hablas despacito también.
–Puede ser.
–Por qué, ¿tenés tapado el odio?
–Me parece que sí.
–Ah, porque esto te retumba –dice señalando con los ojos el techo– y parece que uno hablara fuertísimo. Te lo tendrías que hacer ver –dice, y agrega algo que no entiendo, pero de todos modos digo que sí porque me parece que no tiene mucha importancia. Y así pasamos un rato, mirándonos en silencio.

LA MENTIRA
–Me quede pensando en lo que hablábamos la otra vez de la mentira y el engaño.
–Uhum.
–Me preguntaba sobre la actitud políticamente correcta, si eso también no es una especie de engaño. Me preguntaba en… por lo que hablábamos, de cuáles eran los limites, hasta dónde era engaño y… cuándo si, cuándo no. Como que no hay un límite concreto, no sé. Y de la actitud políticamente correcta, pensaba en… como en un protocolo. ¿No es una manera de engaño el protocolo?
Ella sigue mirándome con seriedad, espera para contestar. Se pasa muy lentamente el dedo índice por debajo de uno de los ojos como si fuera un limpiaparabrisas sin dejar de mirarme con la misa expresión.
–Sinceramente no sé.
–¿Cómo?
–Sinceramente no sé, puede ser una manera de respeto –dice volviéndose a cruzar de brazos.
–¿De respeto? Pero también se lo puede leer como engaño. ¿O no?
–Protocolo… ¿Qué tipo de protocolo decís? ¿Protocolo de ir a visitar a la reina de Inglaterra?
–No, protocolo… es como una serie de cuestiones, por ejemplo, poner la cucharita al lado de la cuchara, o en mi caso, sentarme de tal manera, sonreír de tal manera, mirar de tal manera.
–Claro, pero son dos cosas muy distintas. Una cosa es poner la cucharita al lado de la cuchara… ¿pero dónde estaba? –hace un gesto de duda–, y la encuentres.  Como cuando decís “abrí el cajón por otra cosa, encuentro tal otra”, y entonces voy derecho a lo que busco y no tengo que revolver el placard entero. Sería una cosa.
–Sí.
–Y otra cosa sería… la máscara, ¿no?
–Bueno. ¿Qué es el protocolo, no es una especie de…?
–Por eso, si el protocolo tiene que ver con la forma en que yo organizo las cosas, puede ser la forma de un acuerdo.
–Pero ahí es donde no encuentro un límite concreto en cuándo es engaño y cuándo no.
–¿Qué, se te mezclan las dos cosas?
–¿Qué cosas?
–Y por ejemplo…
–No, no…
–…esto que vos decías de poner la cucharita, el tenedor, lo que sea, de determinada manera ¿no? Que sería una forma de organización.
–Sí, pero en las relaciones…
–Escribir con determinado alfabeto.
–Sí.
–Es para entenderse.
–Sí, pero me refiero a que en las relaciones hay como una… o sea, ese acuerdo en un momento pasa a ser como una especie de engaño.
–¿Por ejemplo?
–El límite es el que no es claro. Porque si estás muy de un lado es una cosa, si estás muy del otro es otra cosa. Pero cuando estas en ese límite es como que no se sabe.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo un diplomático, qué sé yo, que está haciendo toda esta pantomima, no sé, de las relaciones.
–¿Qué pantomima?
–No sé, en donde se da todo desde un lugar políticamente correcto, en donde existe toda una… no sé, como un protocolo.
–Claro, pero el protocolo será como presentación y después hará su trabajo.
–Pero y… por ejemplo, en mi lugar.
–Pero no sos un diplomático… –me mira bajando la cabeza.
–No. Pero hay como una suerte de protocolo, hay ciertas cosas que tácitamente se establece que se hacen de determinada manera.
–¡Claro, pero a lo que me refiero es a que  lo que pasa es que mezclas cosas, no que los limites no sean claros! –me interrumpe enérgicamente–. Si no que se te mezclan, porque un diplomático tiene un cierto protocolo para presentarse al gobernante de un país. Pero después tiene su trabajo, que no es protocolo.
–No, pero y, ¿parte de ese trabajo? O sea, esas relaciones son como… no son, eh… no sé –ella me mira con impaciencia pero no habla–. Son como “políticamente correctas”, son como… se desarrollan en un plano.
–Mirá, en primer lugar ninguna de las dos es diplomática como para saber exactamente en qué consiste el trabajo de un diplomático, ¿no? –me habla con cierta irritación–, que es un trabajo de representar a un país.
–Sí.
–Entonces sería mejor, en vez de ponerlo tan lejos, ver en una cosa más “concreta” que “a vos te pasa”, en qué te sentís “mentirosa” –resalta las palabras acentuándolas con un movimiento enérgico de la cabeza.
–Bueno, no es que yo me sienta mentirosa. Es que pienso “¿dónde está el límite?”. Porque en todo trabajo, en cualquier trabajo, hay una especie de representación, como… porque como no son “vínculos”.
–¿De representación teatral?
–Como no son vínculos tan cercanos es como que se establece un suerte de “bueno, esto más o menos se hace así, la mayoría de la gente lo hace así, y es así”. Pero tal vez no es lo que realmente  quisieras hacer y estás haciendo algo en pos a otra cosa, como a la idea de ese trabajo.
–¿Y qué es lo que hacés y no querés hacer? –me interrumpe con impaciencia.
–En general… –insisto–. En cualquier trabajo, en el trabajo anterior, en este trabajo…
–Claro. Pero hablemos de lo que te pasa a vos, no de las cosas en general.
–No sé. Por ejemplo pensé en… en “qué tal si cambio de…”, qué es lo que hace que yo siga ahí y no consiga otro trabajo. Entonces pienso que tengo que pagar el alquiler, mis gastos, qué sé yo. Y es como la vez anterior. Estoy haciendo algo que no quiero hacer porque tengo que cubrir ciertos gastos. Y en cualquier trabajo siento que hay que hacer de cierta manera algo que no se quiere hacer. Ponele que trabajo en algo que me gusta y un día no tengo ganas de ir, ¡tengo que ir igual!
–Mjm.
–Y ahí es donde ya uno empieza a hacer una especie de… como a actuar, no sé.
Nos quedamos en silencio un momento y me doy cuenta de que hace un rato suena una sirena, lo que hace que estemos hablando más fuerte de lo habitual. En el mismo momento en que estoy dirigiendo la mirada hacia la ventana ella empieza a hablar con un tono muy cortante y fuerte.
–Claro, pero eso sería una cosa… teórica, ¿no?
–¿Por qué teórica?
–No estamos hablando de una cosa real y concreta, es algo que vos crees…
–Pero no es teórica, ¡a mí me pasa…!
–“Estoy trabajando en una cosa que no me gusta” –me interrumpe–, “pero si trabajara en una cosa que me gustara, igual me pasaría”.
–No. Porque yo pienso que… a ver, “¿cuáles son las posibilidades de que yo me vaya de ahí?, ¿de qué podría trabajar con un currículum que no es muy amigable?”, y si quisiera trabajar ocho horas, y no doce, o veinte por día, tendría que compartir algo con alguien, y no quiero. Y por ejemplo, ¿qué trabajo podría conseguir… en un kiosco? ¿En un callcenter? –digo con asco–. ¡No quiero hacer eso! Y tampoco… Entonces es como que estoy de vuelta en un lugar… como si me hubiera metido en una carrera equivocada, y a esta altura ya tengo todo ese bagaje, ya no puedo cambiar mi experiencia, mi currículum… ¡es así! Y con lo que tengo no puedo conseguir otra cosa que más de lo  mismo. ¡Esto mismo! O lo del local…
–¿Esto mismo o…?
–Lo de vender ropa. Es lo mismo. Es ir todos los días, todo el día, a un lugar que no tengo ganas de ir, hacer algo que no tengo ganas de hacer –cuento con hartazgo cada cosa. Nos quedamos de nuevo en silencio, ella parece enojada.

UN BARRILETE DE HORMIGON
–¿Y hay alguna cosa que sí tengas ganas de hacer aparte de lo que decís de la música y que no tenés tiempo para estudiar?
–La verdad es que cuando pienso en qué me gustaría hacer… –hago una pausa en la que pareciera que nos miramos sin respirar– me da sueño y me voy a dormir. Es como si fuera una especie de barrilete de hormigón.
–Mjm.
–¡Irremontable!
–Mjm.
–Eso –digo ante su actitud ahora indiferente–. Nada, es pensar en qué me gustaría hacer y me siento agotada, como que es… no sé, qué se yo… ¡es imposible!
–Y, ¿saber lo que te gustaría hacer te ordenaría algo?
–Es que no… ¡no tengo tiempo para hacer algo! No sé, llego cansada, duermo y me voy de vuelta al trabajo. Es todo trabajo.
–Claro, pero… esto es una pregunta no es una acusación.
–Sí. Pero respondo con una pregunta, no con una… acusación.
–Por esto… por esto te pregunto ¿saber lo que te gustaría hacer te obligaría a algo? Vos me decís “¡es que no tengo tiempo!” –dice rápido y casi gritando–. No me decís “no sé” ni “sí” ni “no”, “¡es que no tengo tiempo!” –vuelve a decir acentuando cada palabra–.  Yo no te estoy diciendo “¡vos no estás haciendo nada!” –mueve un dedo enérgicamente–, te estoy preguntando si “saber” te obligaría a algo, entonces haga que este barrilete sea de cemento.
–Y, ¿cómo puedo saberlo si no lo sé? No sé.
–Y el peso, que es lo que hace que el barrilete sea de cemento ¿no? El poder sentir una… una auto exigencia insoportable. Entonces es mejor dejar que pase lo que sea como sea. Total, ¿dónde está el límite para qué? ¿no? Entrar en una especie de… no diría nihilismo, pero… una suerte de descreimiento.

LA TRAMPA
–Pasa es que también es…
–Distancia emocional, ¿no?
–¿Qué cosa?
–Distancia emocional.
–Es que me pasa también que en el lugar donde estoy, siento es que es como… que es como una trampa esto, que... Yo ahora estoy como tratando de mantenerme al margen de hacer otras cosas en donde finalmente mi situación económica, por ejemplo, es un poquito mejor que trabajar en un kiosco, pero es casi lo mismo. Pero existe la posibilidad, porque me doy cuenta que yo lo podría hacer, de… no sé, de ganar mucha más plata, de tener más contactos, de hacer una especie de “carrera” ahí.
–Uhum.
–Mi lugar ahí es el de manipular a la gente. Y es como que decido no hacerlo pero tampoco me voy. Entonces no sé.
–Digamos, no hacer lo que hacen las chicas más jóvenes en lugar de…
–Y no.
–Que vos decís “porque ya no estoy en edad”, ¿no?
–No, pero aparte pasa esto, yo cuando entré ahí… porque yo puedo manipular a estar chicas porque tienen esa dosis de… como que son un poco ilusas, están esperando a que venga algo que las salve.
–Mjm.
–O hacer algo, así como una ilusión que las sostiene ahí, y por ese lugar es por donde yo las puedo manipular. Pero yo entré ahí igual, pensando que iba a ser… –voy bajando el tono de voz a medida que termino la frase hasta quedar en silencio, y ella acompaña este descenso dejando bajar su cabeza hasta quedar mirándome con esa inclinación. Después suspira y me habla con la cabeza inclinada hacia atrás.
–Claro, pero hay una diferencia entre ellas y vos.
–¿Cuál es?
–Ellas piensan que “alguien” las puede salvar. Vos pensabas que “vos” podías hacer algo. No pensabas en conocer a alguien que te iba a sacar de esto.
–No, pero eso lo esperaba en el otro local.
–Vos esperabas… eh, bueno…
–O sea, mi “carrera” empezó en otro lado, pero es la misma carrera que ellas, “esperar a alguien”.
–Uhum. Bueno, en algún momento dejaste de esperar.
–Sí, pero me equivoqué de carrera.
–¿Y cuál carrera sería?
–¿Cómo?
–¿Cuál carrera sería?
–No sé, entré en una cosa… como construir algo, cosa por cosa y… ¡llegué a este lugar!
–¿A construir una mentira decís?
–No. A un lugar.
–¿A un lugar de mentira?
–Un trabajo. Es algo concreto mi trabajo. Real.
–Claro. Pero… el trabajo sí…
–Y el lugar que ocupo ahí también es real.
–Un lugar que ocupás y que decís que vos misma lo fuiste como armando ¿no?
–Sí, como haciéndome un lugar.
–Para hacerte tu lugar. Pero que… si estuvieras haciéndote un lugar entre los clientes....
–Sí, pero es lo que te digo, hay algo de tramposo ahí porque pienso “¿y qué haría si no estuviera acá? ¿Trabajar en un kiosco, en un call center, estudiar una carrera?” Pienso en eso y me voy a dormir directamente. No sé. Pienso en “capacitarme” y me parece un horror, no tengo como tiempo  mental para hacer eso. No sé, no me pondría a estudiar para un parcial. No sé.
–Sobre todo que, visto así como “estudiar para un parcial” no es lo mismo que estudiar “tal cosa”, que era lo que vos decís, lo que sería lo… ¿lo formal?
–¿Qué cosa dije?
–Para un examen, para sentarse a estudiar…
–No, no, no. También me pasa otra cosa, empezar de cero algo, una carrera o lo que sea, es estar con toda la gente que hace eso, que tiene como “están ilusionados, así: ¡qué lindo!” –sonrío y pestañeo muy rápido–. Yo ya no creo en eso, yo ya no, no me puedo poner en el lugar de “ay, ¡qué lindo voy a ser… radióloga!”. Qué sé yo, no me interesa, ni eso, ni nada de eso. Como… no creo en eso ya.
–Y, ¿en qué crees?
–No sé. No sé, pero entré como en una dinámica que es del trabajo a mi casa, de mi casa al trabajo.
–Re peronista lo tuyo.
–¿Peronista? No sé.
–Perón  decía “del trabajo a casa y de casa al trabajo”.
–Bueno, pero… –respiro hondo y se me dilatan las ventanitas de la nariz.
–Por eso te digo peronista –me dice entre risas.
–Es un reversionamiento y me parece que no tiene que ver con política. A no ser que sea una política de vida.
–Una manipulación.
–¿Una qué?
–Manipulación.
–¿Manipulación? ¿De Perón decís?
–Claro, lo que él decía había que hacerlo.
–Y, ¿en mi caso?
–No, te digo “re peronista” porque vos decís “del trabajo a mi casa, de mi casa al trabajo”. ¿viste?, y esa era la frase del tipo. Entonces sonó tan… –hace un gesto con la mano para evitar seguir hablando, y se ríe forzadamente.
–¿Y mi caso qué tiene que ver con el tipo ese? –hablo con cierto enojo.
–¿Eh?
–¿Un fantasma? ¿Quién me manipula en mi caso?
–¿A vos quién te parece que te manipula? Porque vos no te sentís muy… te sentís como…
–Pero, fíjate que… –la interrumpo.
–…que fuiste por una canaleta y estás llegando a un lugar que no era el que querías, pero…
–No, porque es muy oscuro –la interrumpo de nuevo–, y aparte es un lugar donde veo que para poder seguir sosteniéndolo y avanzando en eso a lo que sea, tengo que volverme bastante cínica.
–Mjm.

WHISKY Y ETICA
–No sé. Entonces trato… estoy como en un lugar en donde no trabajo fijo pero gano un poco más, pero lo mismo casi… pero estoy ahí. Entonces digo “ya que estoy ahí hago un par de cosas más y gano el doble”. 
–Mjm.
–Y no lo hago. Entonces estoy como en un lugar que no estoy ni ahí, ni en ningún lado. Entonces estoy ahí y para relajarme o estar más desinhibida tomo whisky. Voy a mi casa y para… no preocuparme o no sé qué, si estoy aburrida, tomo whisky y duermo. Y no me dan ganas de nada. Y cada vez que me siento a pensar “bueno, ¿qué me gustaría hacer?”, ¡me da sueño!, y me voy a dormir, no sé.
–Te deprime.
–¿Qué tener sueño es estar deprimida?
–No.
–Me agota. ¡Pensar en eso me agota!
–Pensar y tener sueño no es estar deprimida –habla muy pausadamente–. Pero lo que vos decís sí es depresivo.
–¿Por qué?
–Porque estamos en lo que no te gusta, no sabés que querés hacer, y cuando tratas de pensar te dormís. Bajas la cortina –me mira con ternura–. Para no angustiarte… más.
–Pero es que también tengo que descansar.
–¿Eh?
–También tengo que descansar en algún momento.
–Sí, pero son dos cosas distintas. Más vale que si estás cansada tenés que descansar –dice entre risitas–, pero vos no decís “llego a mi casa agotada, me tomo otro whisky y me duermo en la almohada”, sino “cuando me pongo a pensar…” –levanta un brazo y usa un tono de voz muy solemne mientras mira hacia el techo–, y no decís “estoy tan cansada que no puedo ni pensar”. Entonces es ese el pensamiento de que sentís que te estás desperdiciando sin intentar nada, que… ¿en dónde es el límite? En que lo que vos sentís que es una mentira. Que… podés mentirle a cualquiera, podrá el otro creer o no, pero a vos no te podés… Y decís como que ya estás jugada, en un lugar…
–¿Cómo?
–Como que ya estuvieras jugada, como que ya no pudieras hacer nada.
–Es que con el currículum que tengo, ¿qué podría hacer, trabajar en un kiosco?
–¡Pero vos solamente pensás en trabajar!
–Pero tengo que pagar mi alquiler, tengo que pagar las cosas.
–Claro, pero querés estudiar música, por ejemplo, ¡y siempre estudiar es hacer un sacrificio!
–Pero no tengo disponibilidad en mi cabeza para eso, como que pienso en eso ¡y me da sueño! Me agota… ¡me agota! No sé. Y por otro lado sigo con este trabajo, llego y hasta es como si tuviera cierta facilidad para eso, no sé.
–Mjm.
–Como que… te dejás llevar y funciona.
–Sí, también en el otro trabajo que hacías, ¿no? Vos sentías que lo hacías bien, y siempre te ponías como un disfraz, según comentabas. O te ponías la careta, o el disfraz “modal”. Entonces sentís un protocolo, pero un protocolo mentiroso porque no lo sentís que lo haces para “otro”. Son todas palabras…
–Sí, pero el protocolo siempre es para otro.
–Pero el protocolo continuo no… digamos, no alguien que vende sus cosas ¿qué te puedo decir?, jabón. Y bueno, lo que vende… lo que gana… ese porcentaje que le dieron es para sí, compra eso y lo vende, eso o cualquier otra cosa. Pero no que trabaja con…
–No sé, el tema es que me pregunto si yo estoy trabajando acá, con estas chicas que están tan disponibles y como que se esfuerzan por caerle simpáticas a la gente que podría llegar a manipularlas, yo o quién sea.
–Mh.
–¿Hay falta de ética en que yo las manipule? Ya son mayores de edad, están eligiendo estar ahí.
–¿Vos las manipulas o las gerenciás?
–¿Qué significa manipular?
–Porque según vos me decís ellas te eligieron para determinadas cosas.
–¿Qué significa manipular?
–Hacer que el otro haga lo que vos querés, no lo que él quiere. Ellas quieren trabajar, trabajan en prostitución… ¿o vos…?
–Mmmm no. Hay algo, y es que en un punto la mayoría está esperando como ese príncipe azul, esa cosa como que alguien las va a salvar. Y ahí, por ahí es por donde entro yo.
–Sí, pero suena más a  un juego ¿no?
–¿A un juego?
–Nadie se lo cree.
–¿Ellas tampoco?
–A ver, están laburando, saben que ningún tipo… la película Mujer Bonita…
–No, no sé.
–Trabajaba Julia Roberts.
–Solo que… Diez años estuve en el local. Nada, tenía este jefe que yo realmente creía que pasaba algo. El tipo estaba así como, me tenía en ese lugar y hacía lo que quería.
–Mjm –suspira y se acomoda en la silla.
–Yo realmente creía que en algún momento iba a pasar algo.
–Claro, pero no es la misma situación ¿no?
–No sé, me parece que es… No es la misma situación concreta, o sea, no es la misma “anécdota”.
–Es otra cosa, el trabajo ahí es acostarse con tipos, ¿sí?
–No, algunas están en el bar, están ahí, toman algo.
–Claro, vos decís “yo digito quién se acuesta con quién”.
–No.
–Eso dijiste la vez pasada.
–Sí, bueno, pero a veces, no es que se acuestan, simplemente están ahí y les dan charla para que tomen. No siempre es acostarse con alguien, la idea es que consuman, no sé, como varias cosas.
–Y ¿en qué es igual ese trabajo de estas chicas al tuyo?
–No es igual en la anécdota, pero es igual en la parte ilusa. Como si creyeran en esta carrera absurda, que no sé cuál es de “bueno, si…”, ¿entendés? Creen o que alguien las va a salvar, o por ejemplo, si están con tal y me lleva, qué sé yo, tal vez me lleve a unos circuitos donde hay otros que me lleven a otros circuitos donde hay otros, y de repente entren en no sé dónde, que es como lo grandioso. Después pienso… estás años bailando en un bar… o sea, no. Pero estuve diez años en un local pensando que… qué sé yo.
–Que el patrón estaba enamorado de vos –termina lo que estoy diciendo con cierta impaciencia.
–Sí, que me iban a ascender y que iba a ser todo fantástico. Bueno, ellas están en algo parecido. No todas, pero están en algo parecido. El tema es si todo funciona de esa manera, el que no hace lo que quiere ¿qué está haciendo? ¿Está haciendo lo que quiere otro? Y, en mi caso, ¿quién es ese otro? Si yo me busqué ese lugar y lo armé yo.
–Bueno, si no te ascendieran los que te emplean, te tendrás que ir.
–No, el lugar ya está armado, si me voy viene otro y ocupa el lugar. O no, no sé. Pero… no sé.
–Lo que vos decís es que el engaño te lo haces vos misma.
–No, no sé…
–Pero lucidamente.
–Y no creo, ¿vos creés que me estoy engañando?
–“Vos” crees que te estás engañando.
–¿Yo dije eso?
–No con esas palabras.
–¿Engañando de qué? O sea, soy consciente de que otro trabajo… –hago una mueca desganada–, y alguien tiene que pagar, si no qué, ¿voy a salir a vivir a la calle?
–Me parece como si quisieras… darle una especie de tilde universal.
–¿De “tilde universal”?
–Universal, filosófico, a una cosa que vos sentís como un callejón sin salida –me mira serio, en silencio–. Sería una especie de “masí” más intelectual –sonríe sarcásticamente.
–Suena muy…
–¿Eh? –ahora pone un gesto distraído, levantando las cejas y mirando para un costado, y yo me río.

CALLEJON SIN SALIDA
–Pero, si no te sintieras tan incómoda con vos misma, con la situación, con la sensación de impotencia, ¿no? Encontrarías la salida.
La miro fijo, sé que en cualquier momento termina la sesión y no me puedo concentrar con los sonidos que vienen del pasillo.
–¿Cuál es el callejón sin salida?
–Lo estuviste diciendo todo el tiempo, “¿con mi currículum qué puedo hacer?”. Eso. Como opciones que no son demasiados atractivas, que te pasarías el día haciendo…
–¿A quién le gusta estar diez horas vendiendo cigarrillos y caramelos?
–Vos qué sabés, ¿lo hiciste alguna vez?
–Bueno, a mí no.
–A eso me refiero con el callejón sin salida “para vos”, no a este el callejón sin salida del universo, ¿no? de la especie humana, sino que es “tu” callejón sin salida, es tu experiencia, “esto es una cagada, para qué voy a hacer otra cosa si ya…”
–Y, ¿qué otra cosa podría hacer?
–“Barrilete de cemento” –dice levantando las manos al techo, como recitando, yo me río.
–Es que… de hormigón. No sé, es que pienso en… ¡me da sueño! Eso de “volver a armar algo…”, no sé. Es irremontable.
–¿Qué?
–Que es irremontable, no me dan ganas de volver a empezar a armar algo, cosita por cosita.
–Mjm.
–No sé.
–Yo creo que principalmente no sabés qué. Y ponerte a pensar te pone en una camisa de once varas, entonces por el momento te dormís –termina la frase poniendo las manos en el escritorio y levantándose–. Bueno, por hoy dejamos.
–Bueno –respondo mientras le doy un beso.
–Chau. Hasta jueves.
Cuando llego a la puerta miro para atrás y ella ya está sentada, buscando algunos papeles en la caja de las historias clínicas.
–¿Dejo abierto?
–Dale –me responde sin mirarme.