Sesión 18: Dormir todo el día


· LAS ENTREVISTAS EN ROSARIO
· CONTINUAR EL TRATAMIENTO
· VOLVER Y CAMBIAR
· EL DERECHO DE PISO
· EL RETORNO A LA FAMILIA
· ¿MUCHA MALA SUERTE O MUY BUENA SUERTE?
· DEBERIA IR AL MEDICO

Camino tranquila por los pasillos. Cuando llego veo que hay gente esperando en los bancos de al lado de la puerta del consultorio de G. que está cerrada. Golpeo y nadie atiende, entonces pregunto y me dicen que sí, que parece que están atendiendo. Vuelvo a golpear.
Espero parada en frente de la puerta sin saber qué hacer, intentando recordar si habíamos cambiado de día, de horario, hace mucho tiempo que no vengo y un poco confundida. Miro alrededor y me siento justo al lado de la puerta. Al rato sale del consultorio una señora con un bebé, G. la despide con la cabeza asomada al pasillo, después mira para los dos lados y me ve justo cuando me levanto.
Hacía mucho que no nos veíamos.

LAS ENTREVISTAS EN ROSARIO
–Hola –digo con mucha seriedad mientras entro al consultorio. Ella me habla bajito, como comentando algún suceso barrial.
–No, se equivocó de hora. Pero viste… ¡cuando tenés un bebé tan chiquito! –termina la frase al mismo tiempo que termina de sentarse. Se acomoda el pelo para atrás en un gesto jovial y cambia de tono–. ¿Qué tal?
–Bien. Tanto tiempo, ¿no? –respondo seriamente.
–Sí –dice levantando las cejas y carraspeando la garganta.
–Bueno, volví de viaje de Rosario.
–Uhum. ¿Y qué tal? ¿Estuvo bueno ir?
–Raro, porque es como que se… se definió un poco más mi trabajo ahí.
–Mjm.
–Y yo lo que estuve haciendo fue entrevistar chicas para trabajar en el local.
–¿Pero en el bar donde vos trabajas?
–Claro, van abrir una sucursal en Rosario. Y estuve como dos meses entrevistando chicas, definiendo cuales quedaban. Y…
–Y, ¿te vas a quedar acá o te vas a ir a Rosario?
–No, acá. Eso fue para abrir el local de allá. Que fui con dos de las que trabajan acá. Y fue raro porque, no sé, me encontraba con chicas que iban como muy disponibles ellas, muy… muy abiertas a cualquier cosa.
–Mjm –me mira apoyando un brazo en el otro y con la boca tapada por uno de los puños.
–No sé, parecía como que cualquier cosa que les decía les venía bien. Y algunas porque no les queda otra, y otras porque parece que no entienden nada, no sé.
–¿Por qué? –se saca el puño de la boca para hablar, después vuelve a taparse la boca.
–Pareciera como que no entienden nada. Como que están ahí por… ¡algunas muy fantasiosas!, como que esperan de trabajar ahí como hacerse famosas o no sé bien qué es lo que esperan. Pero me pusieron en un lugar en el que yo sentía que tenía que ser sincera, o sea si no me preguntaban nada yo hacía mi trabajo, pero si me preguntaban, les terminaba diciendo que eso no era una “carrera” de ningún tipo.
–Pero qué cosa, ¿de mesera o algo así?
–Sí, de mesera y también medio…
–¿Alternadora?
–¿Qué sería alternadora?
–Que alterna con el público. Para que tomen algo, para…
–Bueno, se podría decir…
–Cuando no se podía decir otra cosa, se decía alternar.
–Alternadora.
–Alternadora copera –habla casi al mismo tiempo que yo, como si fuese una segunda voz o un eco.
–Copera, sí. Y… no sé, por ejemplo decirles que ahí la gente no va a salvar a la gente, o sea nadie va a ir a salvarlas, como que algunas tenían la fantasía de bueno, llegan ahí y tal vez se enganchan con alguien o algo así –suspiro y la miro con cansancio–. Y bueno, estuve haciendo esto de entrevistar a la gente, a las chicas. No salí mucho. Y eso me hizo pensar en si está bueno o no ese trabajo, si debería seguir o no ahí.
–Y, ¿ahora seguís ahí?
–Sigo ahí, sí.
–Como me dijiste que salías a las tres de la tarde.
–El trabajo es a la noche. Y a veces yo…
–Sí, eso entendí yo, por eso cuando hablamos del horario y no sé qué, entendí “yo salgo a las tres de la tarde, entonces no llego.”
–No, no. La otra vez tenía cosas que hacer, porque cuando volvimos estaba todo muy desorganizado, y medio que a veces tengo que ir en otros horarios. Porque estoy un poco organizando, otro poco… trabajando ahí.
Ella me mira con una mueca que le tuerce el labio hacia un costado.

CONTINUAR EL TRATAMIENTO
–Pero… no sé, te quería preguntar de… de si vamos a continuar este tratamiento… o algo.
–Eso era lo que te quería preguntar a vos, y ahora que me lo decís… ¿qué pensás de este tratamiento?, de seguir o no seguir…
–A mí me gustaría seguir.
–Si pensaste que sirve para algo…
–Yo siento que sí, porque son cosas que no puedo hablar en otro lugar y…  me está pasando, por ejemplo de…
–Entonces, ¿por qué tenés que preguntar si vamos a seguir o no? –me interrumpe.
–Y, porque pronto vienen las vacaciones, las fiestas.
–Yo en las vacaciones –me vuelve a interrumpir hablando muy rápido y fuerte–, me tomo un mes de vacaciones, en enero me tomo vacaciones –termina la frase hablando con más serenidad, relajada.
–Todo enero.
–Sí, más o menos. No sé si justo “todo” enero, pero gran parte, de acuerdo con los días de vacaciones que tengo disponibles, y entonces es más o menos un mes –carraspea la garganta–. Eh… pero… por eso te digo, de todos modos, vuelvo.
La miro hablar pero no le presto mucha atención, en realidad tengo otras cuestiones que tratar que no son justamente las vacaciones.

VOLVER Y CAMBIAR
–Porque me está pasando que… me encuentro en un lugar en el que la gente con la que trabajo se presta a… como a ser manipulada –me incorporo en la silla, pongo las manos sobre el escritorio una al lado de la otra como si acabara de apoyar un paquete invisible–. Y mi trabajo es manipular a estas chicas.
–¿Y la gente que trabaja se presta a ser manipulada?
–Las chicas.
–Sí, sí, sí. Pero… vos también sos gente que trabaja ahí.
–Sí, pero medio ya estoy para… dirigirlas a ellas.
–¿Ahora estas para dirigirlas?
–Y ahora, cuando fuimos a Rosario, yo estuve como de entrevistadora y… qué sé yo, y ahora cuando volví…
–¿Y por qué te llevaron a vos para entrevistar? –me interrumpe y vuelve a sostenerse el mentón con una mano mientras que con la otra parece estar abrazándose. Yo me vuelvo a apoyar en el respaldo, pero dejo las manos en el escritorio con las palmas hacia abajo.
–Y porque… antes de irme... –me miro las manos mientras hablo entrecortado– es como que empiezo a tomar otro lugar en el trabajo, porque ya no soy tan joven como todas las chicas, y me doy cuenta, y ya me tendría que estar yendo si fuera ese mi trabajo. Entonces, fui como armándome otro lugar ahí… y…
–Aunque medio a tientas porque no tenés idea, ¿no? De qué… tenés que…
–¡No!, todo esto es como una especie de…
–Cantar… o tocar… ¿o qué? –me interrumpe y nos quedamos en silencio–.Ya me acordé de cómo se llamaba ese cantante que te conté que me gustaba.
–¿Y cómo se llamaba?
–Agustín Pereyra Lucena.
–¿Agustín Pereyra Lucera?
–Lucena.
–Lucena.
–Agustín Pereyra Lucena. Nada, me acordé porque salió que él andaba por no sé dónde… pasé y vi en un lugar, pero esto hace como dos meses o más. Salió en el diario en la parte de espectáculos que él estaba como de gira.
–Qué bueno –hablo sin ganas–. Bueno, lo voy a buscar.
–Pero… no sé si habrá gravado o qué, no sé. Pero tenía algo así como si cantara muy… ¿como si cantara para sí mismo?
–Sí.
–Como si estuviera solo con la guitarra y cantara para sí mismo. No conquistando a todo el público ni cosas así. En lugares chicos.
–Mh, está bueno –digo sin ganas, después cambio de postura y hablo enérgicamente–. Bueno, no, yo mientras tanto me fui fabricando otro lugar ahí, que… no sé, voy hablando con la gente, voy como… tomo algo y qué sé yo… y como no soy yo la que…
–¿Algo?, no –me interrumpe–. ¡Tomás bastante…!
–Sí, bueno, pero mientras tomo algo charlo con la gente y soy como… medio la que… finalmente voy tomando un lugar como de… de sugerirles con quién estén y cosas así.
–Mjm. ¿qué, es más prostibulario?
–Un poco, a veces. Y… no sé, y como siento que las chicas por ejemplo, incluso hasta se prestan para eso, les parece hasta mejor que haya alguien que les acomode las cosas.
–Ajá.
–Y empiezo a tener la sensación de que todo el mundo es re manipulador. O que... no sé, por ejemplo voy a un kiosco y quiero algo y el kiosquero me quiere vender otra cosa. ¡Y yo le estoy pidiendo otra cosa! Entonces de repente digo “pero, al final todo el mundo hasta en la cosa más absurda quiere como, no sé, ¡llevarte para otro lado!”. Y me está pasando que siento que todo el mundo quiere manipular a todo el mundo. No sé.
–Justamente cuando vos sentís que estas manipulando.
–Claro.
–Entonces… –habla muy bajo y con la boca tapada, no se le entiende.
–¿Entonces?
–Entonces no se nota tanto, si el otro…
–Pero no es por… No es que yo lo veo desde un lugar moral… o ético, sino que…
–No, no –me interrumpe– “todo el mundo es manipulador”, ¿sí?
–Uhum.
–Y empezás a formar parte de esa rueda… y empieza a correr y estás subida ahí. ¿No?
–Claro, y… no sé. Volví de Rosario y… no sé. Tuvimos que reorganizar cosas en este local porque, nada, tres personas de los que más o menos organizan, se fueron. Y cuando volvimos estaba todo como desarmado, y había que armarlo todo de vuelta, y es como que mi lugar…
–¿De los que “organizan”?
–Y… por ejemplo: el jefe, uno de los de la barra y yo no fuimos a armar el otro lugar, justamente porque somos los que más organizan, cada uno su parte.
–Mjm.
–Y cuando vinimos, que estaba como todo medio desastroso, nos pusimos a trabajar en eso. Y siento como que este trabajo me saca… me resta muchas energías. Entonces, no sé, últimamente siento que duermo mucho y que… a veces me despierto y digo “bueno, me voy a poner a hacer otra cosa” y me da más sueño todavía. Es como que voy del trabajo a dormir, de dormir al trabajo. Y en el trabajo un poco se activa porque, qué sé yo, eso de ser como ¿medio el jefe? O… ¡jefe de nada! pero… estoy ahí como siendo la que…
–Pero como que el viento te llevó…

EL DERECHO DE PISO
–Y qué sé yo, viste que cuando se van improvisando cosas con otros se va…
–Claro –me interrumpe–, pero vos decías que estabas tratando de hacerte un lugar que era como tratar de ir quedándote para después poder tocar, o cantar, o algo así me imagino.
–Claro, pero ahí viene el derecho de piso. O sea, yo quiero hacer esto pero bueno, para estar acá tenés que hacer algo, “para estar acá” –repito lentamente–. Después ves si te queda tiempo para hacer otra cosa. Y eso es como un derecho de piso. Y por ejemplo…
–Claro, pero el derecho de piso es… el piso se paga y después ya está.
–Claro, pero…
–No es que uno paga y después uno se queda así –pone cara de tonta–: “mmmm”.
–Bueno, pero esto es bastante reciente. Acabo de volver de Rosario.
–Pero, ¿cuánto hace que empezaste a trabajar acá?
–Y… no sé. Pero esto es como… este lugar que estoy ocupando, en donde no estoy tan inestable de que “ay, me voy a tener que ir en cualquier momento porque ya no…”
–Mjm.
–Es como que esto fija un poco más un lugar para mí, para poder seguir estando ahí y hacer otras cosas. El tema es que me encuentro por ejemplo en esa situación de “bueno, pagué el derecho de piso”, y ahora ese derecho de piso es como mi cárcel. No sé.
–Claro, porque pienso… –me interrumpe pasando el puño de la boca al mentón– cuando vos decías “hay chicas muy disponibles”…
–Sí.
–Creo que en cierta manera te referías a vos, ¿no?, porque no tenías idea de “éste” tipo de trabajo, y era todo disponible y ahí quedaste.
–Bueno –me arreglo el pelo, me acomodo en la silla–, y allá me encontré con un montón de chicas que llegaban con unas fantasías increíbles y yo tratando de ser como… lo más sincera posible.
–Mjm.
–Y me di cuenta de que pienso de una manera que no sabía que pensaba. Y que es más fácil aplicarla en otros, y decirles a los otros “ay, bueno, no, esto es una fantasía y no sé qué”.
–Mjm.
–Después vengo y cuando lo quiero aplicar sobre mí me da sueño, me voy a dormir, digo “bueno, mañana”, y al otro día voy, trabajo, me voy a dormir y digo “bueno, mañana”, y así. Y… no sé, como que me encuentro haciéndole pagar el derecho de piso a otros. Por ejemplo hoy había una chica que llegó y que es “re estrella” –digo pestañando exageradamente y haciendo mover mucho las manos al lado de la cara–, y es la más joven, es la más nueva, y es como que se cree… no sé, como que tiene el derecho de elegir todo, hacer todo lo que quiere, lo que no le gusta no lo hace. Y hay un montón de chicas que están hace mucho tiempo y hay cosas que… ¡no está bueno que ella pase por arriba de todo el mundo!
–Mjm.
–Porque empieza a haber mucho malestar en todos. Y eso como que… después es más trabajo para todos.
–Claro, porque parece que no está muy definido cuál es el lugar de cada quien, ¿no?
–No, es como una especie de selva, cada uno hace lo que… –me doy cuenta de que estoy hablando muy bajo, y que la voz empieza a patinarme, entonces me enderezo y cambio el tono–. Y ahí es donde empiezo a pensar también en… en una especie de dualidad que tengo, porque a veces pienso “al final estaba mejor en el otro trabajo”, pero me acuerdo lo que sentía en el otro trabajo, ¡que me parecía un espanto! y que me quería ir de ahí, y pienso que el otro trabajo era súper chato. Y este tal vez también, pero tiene como esta otra… “cosa” donde uno tiene que estar un poco más atento porque si no… no sé. No es que ponés piloto automático y podés estar meses…
–Claro –me interrumpe–, digamos que te movés en el plano de comparar este trabajo con el otro, sin detenerte a pensar “¿es esto lo que quiero para el resto de mi vida?”.
–Es que… tampoco… yo creo que nada es tan para el resto de la vida. No sé.
–Eh… Nada, obviamente, es para el resto de la vida. Pero en algún momento se elige una cosa como si fuera para el resto de la vida, después si es para el resto de la vida... –baja los extremos de los labios a la vez que sube las cejas dejando esa mueca exagerada por unos segundos–. Pero… hay un momento en que se elige “eso”,  “lo que se quiere hacer”… ¿no? Acá es como que más o menos va. Te va llevando la corriente y te deja en un lugar.
–Sí, pero en cierta manera yo estuve armando este lugar. Como para tener un piso en donde estar parada y a partir de ahí poder hacer las cosas que quería hacer. Y me pasa que me encuentro en una situación en la que por momentos no me parece que está bueno pero por momentos me hace sentir bien… estar “eligiendo” toda esa…
–¿Qué es lo que por momentos no está tan bueno? –habla fuerte y me interrumpe.
–Y, por ejemplo, estar decidiendo quién se acuesta con quién. Digo “¿qué sé yo?, ¡que cada uno haga lo que tenga ganas de hacer!” ¡Mirá si voy a ser yo la que…! Pero después pienso… no es que “lo pienso”, en el momento es como… no sé, de repente están todas las chicas y todas me miran a mí para ver si les hago así o así. Me siento la jefa.
–Claro, es como en las películas cuando muestran a la madama del… de los burdeles, que están ahí con las chicas y dicen “ay, mirá, tengo una chica muy simpática, muy linda…”.
–Bueno, eso vendría a ser como la versión divina de… acá no es ni tan claro, ni tan lindo. Pero después pienso “si no hago eso no puedo estar más ahí porque soy grande ya”, y eso me deprime.
–Claro, como para ser vos la que se acuesta con los tipos...  –hace una pausa, me mira de costado y agrega–: más grandes.
–Es que tampoco es necesario que yo me acueste con los tipos, o sea, lo que yo estaba haciendo era como… así, tomar algo, entretenerlos, no era yo la que me… acostaba con los tipos. A no ser que yo lo decidiera, pero, el problema es que… eso no se puede sostener mucho tiempo, y aparte ya no soy tan joven para eso. Y no sé, me deprime pensar que soy grande, entonces pienso en la otra posibilidad y digo “al final es como caer más bajo todavía”, porque no me acuesto con ellos pero soy la que decide quién. Y por ejemplo pasa esto, llega esta chica que por ser más nueva y más joven es la que puede elegir quién, y soy yo la que decide que ella no elija. Como “bueno, hay un montón de gente, vos no vas a ser…”
–Y eso te hace sentir que tenés poder –me interrumpe.
–Por momentos me hace sentir que tengo poder y por momentos, cuando llego a mi casa, digo “poder, ¿de qué?, jefa, ¿de qué?” Y me pongo mal y duermo. Y después pienso “¿y si no voy más?” Y si no voy más… ya no tengo un mango, no tengo… tengo que pagar eso... como que ya no… Ni siquiera tengo el respaldo de mi familia, que me ayude un poco a pasar un momento. Como que estoy en una rueda bastante difícil. Y después, cuando estoy ahí no me parece tan desagradable. Aparte, no sé, también tomo algo y las cosas como que cambian un poco. El problema es cuando me voy.
–¿Cómo las cosas cambian?
–Y, qué sé yo. Como más…
–¿Porque tomás algo?
–Y cuando entras ahí, entras como en otra… como si… ser un poco perverso no fuera tan… me parece menos choto todavía que… es como si se manejaran otros códigos.
–Jm.
–No sé.

EL RETORNO A LA FAMILIA
–Pasé por Córdoba, porque necesitaban… bueno, firmar otros papeles, y pasé un poco.
–Sí, yo me acuerdo que tu mamá te había llamado, y después de eso fue que… después ya no volviste, que te había llamado porque estaban con unos trámites… –veo en su manera de mirarme que espera que complete la parte que falta en lo que dice, pero no tengo ganas de hablar de eso.
–Sí, están con cosas que ni me intereso yo, pero… no sé, mi hermana está cada vez más avejentada. Y se pelean bastante con mi mamá, porque mi mamá al final está ahí, se fue quedando. Primero porque si vuelve acá no estoy yo para sostenerla, así, todas las quejas, que me llamaba, qué sé yo, ya eso no existe más, entonces acá es como que no tiene con quién hacerse la mártir y… segundo porque mi hermana, no sé qué le está pasando, no sé qué problemas tiene y necesita que mi mamá le cuide a los nenes, no sé bien como es. El tema es que no se están llevando muy bien. Ella no está pudiendo…
–¿Se pelean?
–No… ella no está pudiendo como representar el papel de la chica perfecta, como que nada, esta con tantas cosas que ya no puede sola. Y no es que me alegra, es como que me pone en otra posición.
–Claro, pero cuando vos lo contabas, la forma en que lo decías, me hacía acordar a lo que vos me decías “nadie me llama, a nadie le importa…”.
–Medio que ellos trabajaban para hacerme desaparecer.
–¿Cómo para hacerte desaparecer?
–Y sí, qué sé yo, nunca llamar, nunca interesarse por nada. Me puedo haber muerto, pasar unos años y no se dan cuenta.
–Uhum.
–No sé. Y suceden cosas como mi mamá diciendo “¡me maltratás!” y mi hermana diciendo “bueno, si no te gusta andate”. Qué sé yo. Pero finalmente siguen ahí. Ella llora y… no sé. Como que primero era mi papá el malo, después mi hermana, yo, siempre hay un malo y ella es la pobre víctima. Y no sé, ella es como una mina que se encierra ahí todo el tiempo.
–¿Tu mamá?
–Mi mamá. Y me hace pensar en… en que vive encerrada como en esa situación.
–Mjm.
–Y no puede salir, y de repente yo pienso en mi encierro que es del trabajo a dormir, de dormir al trabajo, y es como que tampoco puedo salir, y el trabajo anterior era lo mismo. Como no podía salir de ahí –suspiro, miro la luz que entra por la ventana cerrada–. Y no sé, todo eso me da sueño y me dan ganas de ir a dormir. Y pienso “mañana” y así por ejemplo todavía no fui al médico, que hace años que quiero ir a un médico a hacerme un chequeo, porque tampoco es que me duele nada, bueno, no.
–Mjm.
–Lo tengo siempre en mente y no voy. No sé.

¿MUCHA MALA SUERTE O MUY BUENA SUERTE?
–Mirá vos, ¿no? –vuelve a hablarme con la mano en el mentón, esta vez tiene los ojos un poco achinados.
–¿Qué cosa?
–Eso de hacerte desaparecer.
–¿Qué cosa?
–Vos dijiste que están haciendo siempre… tratando de hacerte desaparecer.
–Mjm.
–¡Te haces desaparecer vos sola!, porque ni siquiera podés ir al médico, empezar por vos, hacerte un chequeo, a ver cómo estás. Y vas siendo alguien que no sabés cómo está siendo ese alguien que nunca fuiste. Entonces “¿desapareció Clara?” –susurra, encogiéndose de hombros y mirando rápido para ambos lados. Hago una mueca como para que hable y deje de hacer eso que me hace sentir mal–. Desaparecieron las ilusiones, las expectativas…
–No sé, qué sé yo. ¿Pero sabés que me di cuenta también? Que… yo antes pensaba que había gente más feliz, más infeliz, había gente más tímida, más alegre, que había gente con más suerte y gente con menos suerte. Que yo había nacido con mucha mala suerte, que hay otros que tienen mucha buena suerte y viven en una especie de limbo que era un mundo del cual yo no podía participar, y soñaba con pasar… Ahora siento que cambiaron muchas cosas y que eso ya no… ¡no existe!, siento que nadie… que no existe nadie que pueda estar absolutamente presente en donde está, siendo una persona súper clara y feliz y… y que no tiene nada oscuro. Me parece que no existe más eso. O sea, yo pensé que existía y que no me tocaba a mí –ella carraspea la garganta muy fuerte–. Pero ya siento…
–Claro, pero…
–…que no existe, que se puede tratar de estar siempre de ese lado, pero no significa que eso sea posible, que sea algo posible realmente, donde uno pueda estar ahí siempre, ser una persona pura y no tener nunca nada oscuro.
–Pero, ¿vos te referís a la oscuridad o a la felicidad?
–Yo me refiero a todas estas cosas de… no sé… cuando una persona está radiante y súper feliz y no tiene problemas y… –hablo imitando a una nena tonta–. Lo veo como a un payaso.
–¡Se mira en películas eso!
–Qué sé yo, me parece que no existe. Por eso, pero yo antes pensé que existía, que se podía llegar a ese estado y quedarse ahí para siempre.
–Hasta la Cenicienta no fue Cenicienta.
–Mh. –sonrío sin ganas y sigo hablando–. Y bueno, eso por ejemplo cambió, cuando me decís “te quedaste sin ilusiones”, y la verdad es que lo que me pasó es que…
–Claro, pero…
–…ya no creo más en eso.
–No hablaba de ese tipo de cosas, sino del hecho de ser vos. No de mirar “oh, esa gente feliz y radiante”, si no “¿qué me gusta?, ¿qué quiero?, ¿qué puedo?”.
–Y, pero vuelvo… Insisto con esto, vuelvo a la misma cosa. Cuando no estaba acá pensaba que esto era algo mejor, ahora que estoy acá pienso que tal vez lo otro era mejor. Y siempre lo mismo, siempre el otro lado es mejor, nunca estoy conforme.
–Claro pero, no “del otro lado”  –habla muy lento y se queda pensando–, “¿todo el tiempo pasado…?”
–No, el otro lado no es... Es que…
–Pero lo comparas con algo del pasado.
–No, pero ponele que yo ahora me busco otro local en donde trabajar… para vender ropa. No es un pasado, es un futuro y puedo pensar “ah, pero eso es mejor”, porque ahora estoy acá adentro. Pero si yo llego a ir ahí voy a decir “pero esto es un embole. Otra vez estoy todo el día trabajando, doblando y desdoblando ropita”. Voy a decir “era mucho mejor este, que estaba… me divertía, no sé qué”. Entonces siempre… siempre estoy pensando en que lo otro es mejor, no importa si es pasado, futuro, no sé.
–No pensás en un futuro mejor, pensás que va a ser un embole.
–No, porque me llego a cuestionar por momentos si  no sería mejor volver a trabajar de… –hago una pausa y agrego despectivamente–: de vendedora. Eso cuando estoy en mi casa que no me puedo ni levantar. Después estoy en mi trabajo y…
–Claro, pero siempre las opciones parecen ser asquerosas.
–¿Qué opciones tengo?
–Pareciera que ninguna otra.
–¿Pareciera qué?
–Que ninguna otra.
–No hay muchas opciones.
–Condena y cadalso –dice y se muerde la lengua para un costado.
–Pero, ¿y qué hago si no?, ¿me voy a vivir  la calle?, ¿cuál es la opción?
–A eso me refería con que no había… eso es lo que decías antes, ¿no? Pero ahora, parecía como que vos vivías… como que podías cambiar, que había una ilusión, como decir por ejemplo, ser cantante o ser música.
–Y de eso sigo pensando un poco, me dan ganas y… pero…
–Pero pocas.
–Y, me pasa que cuando estoy acostada pienso ¡y puedo pensar las diez mil cosas! y me convenzo de un montón de cosas, digo “sí, sí… sí. Bueno, mañana”. Y así pasan los días.
–Un gesto de aliento.
–Y sí, es así. “Mañana voy al médico, mañana toco la guitarra, mañana hago esto, mañana hago lo otro”. Al otro día me levanto y digo “no, mejor mañana”. Y así. ¿Y así cuántos años?
–¿Y si es una sola cosa mañana?
–¡No! ¡Aunque sea una sola cosa!
–Porque realmente, además de esta desvitalización…
–¿De esta qué?
–Desvitalización –carraspea la garganta–. Eh… no sé cuánto hay de físico, vos decís “hace años que no voy al médico”, y eso también hay que tenerlo en cuenta. Porque por ahí una persona parece que tiene una enfermedad de depresión y lo que tiene es una puta anemia.
–Mh. 
–Y le dan un poco de hierro, un poco de vitamina B y sale inyectada. No quiero decir que sea este el caso. Pero digo que uno… yo como psicóloga no lo puedo decir, que sería muy pretencioso, y por algo un médico clínico es el que dirá “bueno, tenés que hacerte este y este análisis para ver cómo están tales funciones” –da un golpecito en la mesa y se incorpora–. Y… esto que vos decís es… como si fuera un poco de miedo a la realidad, ¿no?
–¿Miedo a la realidad?
–Claro, porque ¿qué?, ¿y si vos aprendés a tocar la guitarra…?
–Primero –la interrumpo–, ¿qué es la realidad? Lo que yo estoy viviendo es real.
–Sí…
–¿Y no da miedo? –vuelvo a interrumpirla.
–¿Uhum?
–¿Y no da miedo esa realidad?
–Pero me refiero a lo que no averiguás, no a lo que sí. No averiguás si podés tocar y cantar, o si en realidad sos un queso. A lo mejor podés tocar y cantar y no trascender, y trasciende alguien como ponele Palito Ortega, por un decir. No averiguás cómo es tu cuerpo. Entonces vivís en ese cuerpo de fantasía y ahora vos decís “esta es la realidad”. Sí, es la realidad, pero cuando lo describís vos misma… eh… parece una fantasía, ¿no? Como… decís “es otro mundo”, un mundo donde sos poderoso o descartable.
–No, de hecho si no lo sos te sacan los ojos.
–¿Uhum?
–Si no lo sos medio como que perdés –la miro muy seria intentando pensar en lo que acaba de decir–. ¿Pero no hay así… no es así? Te tomás un taxi y no prenden el cosito… –me quedo unos segundos con la boca un poco abierta en un gesto tonto–. O sea, ¡es toda gente que lo único que quiere es aprovecharse! –digo con asco–, o están viendo, “¿a ver…?” Y hasta ahora no me tocó encontrarme con gente que… que no use esos mecanismos todo el tiempo. Porque los otros del local eran peores todavía.
–Mh.
–Porque acá por lo  menos puedo hablar como si fuera de par a par, ahí eran… se aprovechaban absolutamente.
–Mjm –asiente enérgicamente.
–Una manipulación descarada.
–¿Y acá no?
–Y acá es “bueno, yo te corro para acá, el otro te corre…” como que están todos toqueteándose por igual.
–¿Y en qué consistiría la manipulación ahí?
–¿Cómo?
–¿En qué consistiría, en éste trabajo, la manipulación? ¿O qué manipulación vos ves?
–Por ejemplo la que yo ejerzo es sobre las chicas que viven en una nube… y medio como que no pueden ver muy claro qué es lo que hay que hacer.
–Ellas piensan que trabajar en el local y acostarse con tipos… que va a venir un…
–Príncipe azul.
–¿Príncipe azul? –repite con ironía.
–¡Ah, no sé! No sé si es tan así, pero bueno. Y después pienso “si me voy, va a haber otra que esté en mi lugar”. De hecho hay una que tiene un hijito que probablemente sea ella. Aunque… –empiezo a hablar con vos nasal–  nada, armé el lugar y ahora están esperando a ver cuándo me voy para usar ese lugar también.
–Mjm, y no el otro.
–Claro, porque en el otro ya hay un par que se tendrían que estar yendo.
–Mjm –me mira fijo por unos instantes–. Entonces.
–¿Entonces?
–¿Vos?
–¿Yo qué?
–¿Estás desapareciendo?
–No sé. Armar un lugar en un lugar no me parece que sea estar desapareciendo.
–¿Por qué?
–Y… porque estás haciendo algo.
–Claro, pero este no era el lugar que vos querías armar.
–Tal vez no era el lugar de mis fantasías pero si lo estoy haciendo… nadie me está obligando. A mí lo que me obliga es mi realidad de que… tengo que sacar plata de algún lado para pagar mi casa, mi comida.
–Mjm, sí –dice mirándome como si estuviera más arriba mío–. Por eso te digo, en el local no te van a poner un revolver en la cabeza pero tampoco… decís que si no estás vos para ese trabajo estará otro –hace una pausa larga–. Pero… decís “si tuviera una fantasía, si tuviera esa fantasía…”
–Pero es lo mismo que veo con estas chicas, tienen unas fantasías que decís “¡y bueno…!”, qué sé yo.
–Pero tus fantasías no son de alguien que va a venir a salvarte, ¿o sí?
–No. Esas fueron en el local.
–Mjm.
–No sé… –estoy muy cansada–. No sé.

DEBERIA IR AL MEDICO
–Yo te diría… no como un consejo porque no se trata de eso acá, de dar consejos, pero te voy a decir que ya que querés ir al médico, que vayas. Porque…
–¡Te puedo asegurar que yo estoy convencidísima en ir mañana! –le contesto irónicamente.
–¿Sacaste turno? ¿O no tenés…?
–Estoy convencidísima de sacar el turno mañana –me río.
–¿En dónde?
–Ni idea, ese es el problema. Si acá ya también hablamos un montón de veces de… de si estoy con anemia…
–No tenés obra social, no tenés nada…
–No tengo obra social –bostezo–. Que me contaste de algo que se llama… ¿médico de cabecera?
–Mjm –acompaña con una gran sonrisa el gesto afirmativo que hace con la cabeza–. Vas a un hospital y te conseguís un médico de cabecera.
–Bueno, ¿ves? Me decís eso y me da un sueño tremendo. Como “ay, sí, ahora me voy a dormir un rato…”.
–¿Quién desaparece, vos o yo? –me interrumpe.
–¿De qué?
–Y, te dormís.
–Bueno, cuando yo me duermo desaparecen todos.
–Lo único que el inconsciente no duerme nunca.
–¿No duerme el inconsciente?
–No. Por ahí cuando uno no se acuerda de los sueños no es porque…
–¿Y por qué no soluciona las cosas? –le pregunto arrastrando un poco la voz.
–No, porque no es para solucionar las cosas.
–¿Cómo?
–Te las complica.
–¿Las complica?
–Claro…
–¿Para qué?
–El inconsciente te complica las cosas.
–¿Y para qué las complica? ¿Cómo las complica?
–No “para qué”, “porque…” es el inconsciente.
–¿Qué es tipo Mr Jekyll y…? Cuando te dormís… –me encorvo un poco y hago gestos con los dedos a la altura de los hombros.
–No exactamente tan así, ¿viste? “Blanco y negro…” Si no una parte de la psique, de la mente.
–Pero, ¿cuál es el…? O sea, ¿cómo opera eso? Todo lo que construís consciente cuando te vas a dormir lo destruís.
–¡No, no no no! –dice haciendo gestos con las manos y la cabeza–. Me refiero a que es una parte que... mientras el resto descansa, él no descansa. Produce sueños, etc. La forma en que se manifiestan los pensamientos…
–¿Cuál es el objetivo de hacer eso?
–No es un objetivo.
–¿No ordena cosas? ¿Nada?
–No. –se da una palmada en la falda con las dos manos y sonríe–. Eh… bueno, ¿el jueves que viene nos vemos?
–Bueno –digo mientras me levanto–. Gracias.
–Chau –nos damos un beso–, hasta el jueves.
–¿Cierro?
–No, no, está bien.