Sesión 16: El huevo podrido


· HOY VOY A ESCUCHARTE
· EL SHOW DE BAILE
· LOS PAPELES
· LAS VACACIONES
· LA PANTOMIMA DE LA DIVERSION
· EL HUEVO PODRIDO
· BRILLA POR SU AUSENCIA
· LA RUTINA Y LAS CLASES DE CANTO

Llego cansada y con pocas ganas de hablar, el día está horrible, llueve. Ella está esperándome sentada en su silla acunando su brazo enyezado. Entonces decido sacarle tema de conversación para limitarme a escuchar y no tener que hablar de nada. Golpeo.
–¡Adelante!
–Gracias –hablo asomándome por la puerta. Entro.
–Hola –me dice mientras se levanta. Nos damos un beso en la mejilla.
–¿Cómo estás? –le respondo y mientras camino hacia mi silla ella cierra la puerta. Después se sienta.

HOY VOY A ESCUCHARTE
–¿Y? ¿Qué te dijeron del brazo?
–Que… me dieron un porcentaje de discapacidad pero… me van a asignar para que vaya a hacer una homologación a la… ¿superintendencia de seguros?
–¿Qué es la homologación?
–Y, ¡que lo acepten!
–¡Ah! ¿Y eso qué significaría? ¿No trabajás más?
–Sí, pero te pagan una indemnización por el grado de discapacidad que tenés.
–Ah –nos miramos en silencio–. Ah, ¡qué bueno! –insisto.
–Mmmm sí…
–Así te podés ir de viaje.
–No sé si es para tanto. Porque es muy poquito.
–Te comprás unos libros por lo menos.
–Eso puede ser.
–Es como irse de viaje.
–¿Eh?
–Que es como irse de viaje.
–Mmm sí… –dice, como desinteresada.
–Sí…
–Así que, ¡bueno! Esperaré en una silla –se recuesta en el respaldo y se cruza de brazos mientras habla.
–Bueno. Pero igual vos te sentís bien… ¿o no?
–¡No! Todavía me duele.
–¿Todavía te duele? ¿Y no se te va a parar…?
–Me imagino que por lo menos… me dijeron cuando me dieron de alta que por lo menos tres meses más seguro que me iba a doler.
–Ah, ¿sí?
–Se me va a ir desinflamando y… –hace un gesto con la mano simulando un remolino.
–O sea que fue un golpe importante –digo, mientras me acomodo en la silla.
–Sí –me responde, acomodándose ella también.
–¿Pero cómo había sido que…? ¿Porque resbalaba el piso?
–Tenía como arena, tierra… no sé.
–Ah…
–Lo malo es que, como no hay pasamanos… quise poner el otro pie en el escalón y también estaba…
–Ah… y… esas cosas…
–Uno dice “una caída tonta” como si hubiese caídas inteligentes, ¿no? Pero…
–Igual una caída es una caída, porque a parte nadie te dice: “mirá que en cinco segundos te caés, ¿eh?”
–No, si hubiera habido un pasamanos no me caía. Cuando me estaba resbalando me sujeto enseguida y ya, pero…
–¿Y ahora hay pasamanos?
–No –dice, haciendo el gesto con la cabeza y con la mano.
–Aprenden rápido…
Sé ríe como si fuese una nenita.
–Y bueno, pero ya no me voy a hacer más problemas por eso. Es como dijo un compañero: “ahora lo mirás por la ventana” –termina de hablar entre risas.

EL SHOW DE BAILE
–¿Vos? ¿Qué tal?
–Acá. En lo mismo.
–Mjm.
–No sé, sigo midiendo cosas a ver si puedo… no sé, ver si puedo ponerme a hacer algo que no sea ponerme a trabajar y nada más.
–¿Y qué estás… planeando? –habla con un tono alto y claro.
–Y… viendo a ver si… me animo a… ¿tocar ahí?
–¿Qué vas a hacer? ¿Tocar primero para los dueños, que te escuchen? ¿A ver si les parece bien que toques? ¿O algo por el estilo? ¿O cómo? ¿Directamente?
–Y… no sé cómo sería eso. Porque quedamos en que cuando yo les diga… y les digo: “Bueno, toco” Y toco. Igual me imagino que en un principio me van a poner ahí a un costado como… sonido ambiente, que no me van a dar mucho protagonismo y si… –mientras hablo carraspea la garganta– funciona, empezará a pasar de ser una cosa que acompaña a ser una especie de show.
–Mjm. Porque el que había en Córdoba sí tenía un show… –termina la frase con un gesto de interrogación.
–¡Acá también! ¡Sí! Pero es de baile… o cosas así.
–Y vos bailar… ¿no? –dice, entre aburrida y desconfiada.
–¡Hay chicas de veinte años bailando! Yo ya soy grande –me mira seria en silencio, no responde–. Y no, la verdad es que no –insisto.
–¡No sé! ¡Depende de si bailás bien o no!
–¡Y no! ¡No me dediqué nunca a bailar! Estas chicas bailan de verdad.
–Claro, entonces no se trata solo de que tienen veinte años sino de que…
–¡No! –digo con voz nasal–. Se trata realmente de que tiene veinte años porque tengo una compañera que tiene una hijita y ella bailaba, y está un poco preocupada porque… sigue bailando pero… nada, al público le gustan más chicas. Ella todavía está ahí pero de a poco tiene que pensar en algo porque no le va a durar mucho más. Y eso me hace pensar a mí también en algo parecido.
–Claro, pero sobre todo si aparece otra que baila mejor.
Dejamos de hablar por unos minutos y empiezo a escuchar algunas conversaciones del pasillo.

LOS PAPELES
–La semana que viene no voy a poder venir –digo, después de haber estado mirando la puerta un rato.
–Mjm.
–Porque probablemente viaje. No sé bien qué es lo que pasa, pero me llamaron… –hablo entrecortada mientras la miro fijo– para que nos reunamos…
–¿Quiénes? –me dice subiendo la parte de arriba de uno de los costados de la boca.
–Mi mamá.
–¿Pero tu mamá no vive en…?
–Sí –la interrumpo–, pero nos vamos a reunir en Córdoba con mi hermana.
–Ajá.
–No sé qué pasó.
–¿Y no les preguntaste?
–¡Sí! Pero bueno, son así… misteriosas.
–¡Aaaaah! –me responde, parece burlarse.
–Dijeron que no es algo que se pueda hablar por teléfono, que es necesario un tiempo para… que me organice.
–¡La verdad es que la reunión la podría hacer en la casa de ella!
–No, ella ya está allá.
–Ah, ¿ella está allá? ¿Fue para la reunión o se fue a vivir allá?
–¡No! Viajó antes y me llamó desde allá para decirme si podía viajar la semana que viene.
–Mjm, te tomás el colectivo y te vas.
–Claro.
–No, digo porque sale un dinero el colectivo.
–Sí, por eso me avisan con tiempo para ir por dos o tres días.
–Claro, pero hay que juntar la plata para ir, a eso me refiero.
–Sí, ya sé.
–Sale como mil pesos el boleto.
–¡¿Cuánto?!
–¿Mil pesos?
–¿Tanto? ¿En colectivo? A Rosario saldrá ciento cincuenta… –me mira de reojo–, ida… ciento cincuenta vuelta. No sé, tengo que averiguar. No hablamos casi nada, hace un montón. Me imagino que será algo importante.
–Mh –sigue mirándome de reojo y me veo en la obligación de dar explicaciones.
–Me dijeron que hay que firmar unos papeles… o sea, tengo que ir.
–Mjm.
–Pero no me quieren decir qué es –agrego porque me sigue mirando con desconfianza.
–Emmh… Pero igual tenés que…
–¡Pero igual no hablamos mucho! –la interrumpo casi gritando.
–…averiguar cuánto sale el pasaje, porque… no me acuerdo quién tenía que viajar ahora, hace unos meses y… era una cantidad parecida en avión, salía como novecientos y algo.
–Voy a averiguar, tal vez tiene otro precio cuando…
–¿Cuándo viajaste la última vez cuánto te costó?
–No me acuerdo –vuelve a mirarme seriamente–. Podría fijarme en el pasaje.
–Claro, pero de todos modos…
–¡Está muy distinto todo!
–Todos los días cambia… el precio de los taxis está todos los días diferente.
–Sí.
–Bueno, llamás por teléfono y chau.
–Sí –bostezo–. En realidad no hablamos mucho, me llamó y me dijo que era importante. Y yo le dije “bueno, pero qué es, porque no voy a viajar hasta allá” y “bueno, tenés que firmar unos papeles”, “bueno, no puedo hablar ahora”, ¿y qué voy a hacer?
–Mh.
–Le dije que le confirmaba cuándo viajaba.
–Tu mamá te llamó –y el gesto de interrogación.
–Sí –digo, y ella carraspea la garganta–, depende de…
Ella se asoma al sector de la mesa donde tiene una montañita de cosas, entre las que está el reloj pulsera arriba de la agenda, que queda un poco inclinada porque por debajo de uno de los bordes está el sello.
–…de mi trabajo también –agrego después de mirarla unos segundos. Ahora está escribiendo en la agenda.

LAS VACACIONES
–Ah, ¿estás anotando que el jueves que viene no vengo?
Dice algo que no escucho.
–¿Cómo? –le pregunto.
–No te entendí –me dice, levantando nuevamente la vista hacia mí.
–¿Estás anotando que el jueves que viene no vengo?
–Lo estoy marcando… –dice con la voz muy fuerte.
–Ah.
–…es 5 de julio… –sigue escribiendo, cuando termina cierra la agenda ruidosamente–. Porque después a partir del 16 de junio yo tomo las vacaciones de invierno.
–De “junio” –remarco la n.
–De “julio” –me responde–. Sí, la semana que viene ya es julio.
–O sea, el 12 yo ya puedo… ¿puedo venir el 12? –hace un gesto negativo con la cabeza–. ¿Pero no me dijiste que el 16…?
–¡No, nonono! Claro, sí, sí.
–Entonces…
–Vos no vendrías… el día… 5 –dice con tono triunfante.
–Claro, el 12 vengo…
–El 12 sí, y después dos semanas yo no vengo.
–Ajá, bueno.
–Que serían… –mira la agenda–, entre el 17 y el… 25. ¡No! El 19 y el 26.
–19 y 26 no vengo.
–No vengas. Porque son las vacaciones que tenemos del…
–Bueno. Perfecto.
No hablamos por un rato.

LA PANTOMIMA DE LA DIVERSION
–¡Qué suerte!
–Sí, a partir del mes pasado nos dieron.
–Ah, ¿qué? ¿Antes no?
–Le llaman el… le llaman “El Stress”.
–¿Qué le llaman?
–El Stress. Porque son por el stress laboral, del tipo de trabajo, que habían varios hospitales ya lo tenían.
–¿De acá o internacionales?
–De acá. Internacionales no sé cómo funcionarán, pero de acá… la mayoría de los hospitales se los toman. Y ahora, bueno, como nosotros somos un hospital…
–¿Te vas a algún lado?
–No... me quedo acá.
–¿Tenés hijos? –le pregunto.
–Tengo una hija.
–¿Y no…? ¿Vive acá en Buenos Aires?
–Sí.
–O sea que no tenés la excusa para viajar lejos.
–¿Por qué?
–Y, a veces cuando tenés familiares lejos… viajás más seguido.
–Y, pero si trabajás… tampoco podés viajar tanto tan seguido. Al contrario.
Bostezo y me excuso.
–Pero esto es lo más tarde que puedo yo.
–No, igual está bien.
–¿Te cansa mucho trabajar todas las noches?
–Sí, la verdad es que sí. Ayer me tuve que quedar más porque no cerraban algunas cosas y… teníamos que estar todos ahí.
–Mjm.
–Generalmente todo se soluciona… es como si tuviera dos capas: por un lado todos decimos: “bueno, no… ya pasó, no pasa nada, fue un mal entendido…”
–¿Qué hubo? ¿Problemas de dinero o algo así?
–Sí, faltaban cosas. Y después –retomo lo que estaba diciendo antes–, en el fondo a todos les queda como el dato, es como… –tengo la nariz tapada.
–¿Y apareció lo que faltaba?
–Apareció en el locker de una de las chicas –hablo con el pañuelo en la nariz.
–En un locker.
–Sí, en un locker –respondo despreocupadamente, moviendo el pañuelo a un costado como si espantara mosquitos–. Y… nada, ella decía que no había sido ella, que alguien se lo había metido. Qué sé yo –suspiro, bostezo.
–¿Pero alguien puede tener las llaves de los placares?
–Y, ¡lo que pasa es que a veces estás ahí y no cerrás! –digo con voz nasal–. Estás todo el día ahí. Si cada vez que te vas lo cerrás y después lo tenés que volver a abrir… y ahora viene la parte…
–¡Yo dejo mis cosas en el armario y lo cierro con llave! –me interrumpe.
–Sí, pero por ejemplo las chicas cuando se están cambiando, ¡no pueden estar cerrando y abriendo con cada cosa que van a sacar! ¡Están a tres metros! Pero bueno…
–O sea, que lo más importante es que apareció lo que faltaba y listo, no…
–Sí, lo que pasa es que no se sabe si alguien se lo puso o que ella lo puso y dijo: “Ay, me lo metieron acá”. Es como que genera esa situación…
–Sí, no no… una situación de…
–No sabés si hay alguien que está haciendo eso o es ella que se quiso robar eso.
–“Alguien” por lo menos roba –anuncia categóricamente–. O quiere robar. Si es ella u otro no se sabe pero la sospecha queda sobre todos. Eso es lo que decís vos, ¿no?
–Sí. Encima era un día muy movido, no sé… la gente estaba como… Había mucho movimiento incluso entre nosotros, entonces ¡peor! Porque a veces es como que cada persona se mantiene como en cierto sector… pero esta vez era como… estábamos todos por todos lados y… Es difícil.
–De ahí salieron las manos mágicas.
–Ajá.
–¿Y no es algo de que alguna persona se pueda equivocar? ¿O llevárselo equivocadamente y después “bueno, lo dejo acá y después lo devuelvo”?
–Era un bolso.
–Un bolso –repite.
–Pero no un bolso de los que llevan ropa, era un bolso así, como… agenda, reloj, billetera…
–Una cartera más bien grande.
–Claro.
–Qué feo, ¿no?
–Igual… a mí me parecía medio estúpido si era ella meter “todo” el bolso ahí con el celular, que lo hacés sonar y listo, como…
–¡Claro!
–O sea que es por eso que todos dijeron: “Bueno, sí, alguien lo debe haber puesto”. No sé…
–Misterio. Nunca se sabrá. ¿A menos que lo contraten a Sherlock Holmes?
–Y así y todo, tampoco.
–¿No? Hay que… siempre hay pistas y cosas que a veces uno se da cuenta de quién pudo haber sido.
–¡Sí! No… pero igual te quedás así –pongo un gesto de disimulada por un segundo–, y queda “eso”. O sea, están todos mirándose entre todos.
–Mj.
–Esperando a ver si otra vez pasa algo parecido, como… Y a parte pasa algo: que si vos estás en un estado de conciencia… pero… solemos estar todos medio alcoholizados, o sea es medio cualquier cosa. Entonces se vierten como ciertas pasiones… por ejemplo una lloraba, otra gritaba –hablo con voz nasal.
–¿Y hay tanta gente ahí adentro?
–Depende de los días.
–Claro, pero ayer digo.
–Ayer había mucha gente. Entonces hay días que, cuando viene mucha gente vienen otras chicas que a veces vienen y otras veces no. O viene otro chico que es un barman más.
–Claro, porque hay mucho público.
–Mmmh no… lo que pasa es que no somos muchos nosotros, entonces cuando hay más de lo habitual traen a un chico más que prepara tragos y una o dos chicas más que dan vueltas por ahí.
Me mira un rato en silencio.
–Sí, es una situación por demás incómoda. A demás vos quedás… todos quedan… salvo la persona que sabe que lo hizo.
–Que también queda ahí…
–Claro, pero esa persona sabe que lo hizo.
–Sí, pero tiene que estar todo el tiempo haciéndose la boluda. O el boludo.
–Igual no es lo mismo. Que vos sabés que no lo hiciste pero que dudan de vos.
–¡Igual también es terrible porque te hace pensar en cualquier cosa! Por ejemplo yo empiezo a pensar en… ¿y si lo hizo para generar un ambiente más incómodo?
–O para que esa persona no se quede…
–No, ya te digo, a mí me pareció como ridículo que, si yo me quiero robar algo no voy a ser tan tarada, por más que sea medio tarado, no voy a ser tan tarado de robarme una cartera con un celular prendido, ¡que es obvio que lo van a hacer sonar! O sea…
–Claro, pero…
–Es muy estúpido ni siquiera apagar…
–Pero si una persona se lo puso, es para que dudaran de esa chica y la echaran o algo, no se va a poner a hacer todas esas disquisiciones: “A ver si..” –dice con voz fingida y señalando con el dedo acusador hacia alguien imaginario–, “Si aquello, si lo otro, si soy tan estúpida que el celular” y toda la cuestión.
–No, a lo que me refiero es que… me parece más probable que alguien haya puesto eso a que ella se lo haya querido robar.
–Claro, es probable. Pero también es probable que sea estúpida, ¿no?
–Puede ser.
–O que lo quiso agarrar y como había alguien rápido lo metió donde pudo, o a lo mejor otra persona se lo quería robar y vio eso abierto y lo dejó ahí.
–También.
–¡Hay tantas posibilidades! Y todos quedan medio salpicaditos…
–Sí –se empiezan a escuchar las bocinas–. El tema es que eso nos llevó dos o tres horas.
–Jum.
–Porque “hasta que” –hablo como en cámara lenta–. Porque nadie quería que les revisen las cosas, entonces nadie se podía ir hasta que no revisen las cosas.
–Pero los dueños pueden decir: “Vamos a revisar todo y punto”.
–Bueno, no fue tan fácil. Se pusieron con que “vos no tocás mis cosas porque no sé qué…”
–“Bueno, llamamos a la policía”.
–Es que a estos tipos tampoco les conviene llamar a la policía… o sea, ¿entendés? –digo con voz nasal–. Es como… nada, un griterío hasta que van y nos revisan las cosas, y cuando revisaron las cosas… encontraron eso y después toooodos los llantos, el griterío, que no, que sí… Tres horas. Que yo ya estaba “¡bueno! ¡Listo! ¡Ya está! ¡Me quiero ir!”, “Bueno, no, porque acá puede haber sido cualquiera y…”
–“¡Sí, pero no lo vamos a descubrir!” –dice, entusiasmada–. “Ya está, apareció lo que querían ya está”.
–No, pero empezó toda la parte de “porque esto es como una famiiiilia…” y no sé... como de querer salvar un poco algo de camaradería, no sé, no sé. Porque hay como una ilusión de que somos todos medio amigos y que es divertido y de que no sé qué. Y por más que después de un tiempo que estás ahí te das cuenta de que al final es un trabajo más y que es toda la pantomima de la diversión, que ya no te divierte pero hacés que te divertís, o a veces te divertís, a veces no… Como queriendo rescatar eso y todos haciéndonos los “Sí, sisi…” –pongo cara de superinteresada y de acuerdo–, para irnos más rápido. No sé. Es un poco agotador.
–Mjm.
–La gente es agotadora. Toda la gente en general.
–Mjm.
–Después salís de ahí y la gente es igual. Son todos… todo el mundo demanda cosas. O quiere que creas que las cosas son como las ven…

EL HUEVO PODRIDO
–¿Y vos? –me pregunta levantando mucho el mentón. Está cruzada de brazos.
–¿Y yo qué? –me enderezo cuando me doy cuenta de que había quedado toda encogida en la silla.
–¿Qué demandás? –no contesto–. ¿O qué demandarías?
–¿La verdad? No sé.
–¿Nada, por las dudas?
–Tal vez. Incluso cuando me prestan demasiada atención me molesta.
–Jm.
Hacemos silencio y vuelven a escucharse las bocinas, ahora hay más.
–¿Y en qué situación sentís que estás siendo el centro de atención?
–No sé, por ejemplo ayer en todo ese griterío y cosas y no sé qué, en un momento… –digo, con tono de suspenso. Después sigo hablando normal–. Yo me quería ir. Y yo no soy de participar mucho porque siempre hay alguien que tiene taaaantas cosas importantes para decir que prefiero que hable ese que quiere hablar, que tal vez dice cosas a las que decís: “Bueno, sí… más o menos piensa igual” y listo. Y… me quería ir entonces medio que cerré un poco, dije: “Bueno, listo, ya se solucionó, ya nos podemos ir, de a poco vamos a volver a estar cómodos, listo...” y me puse a preparar mis cosas. Entonces me dicen: “Bueno, a ver, ¿vos qué pensás? Que nunca decís…”, y no me gustó porque estaban todos así como prestándome atención y mirándome a mí, cosa que no suele pasar.
–Claro, pero… digamos que era una situación… de…
–¡No, pero estaban interesados en lo que iba a decir! Y fue como…
–Sí, pero suena como al huevo podrido, ¿viste? ¿Se lo tiro al distraído?
–Mj.
–Entonces “tuc”, te tiran la pelota esa a ver qué… podés decir en esa situación. Lo que realmente…
–Es como que… medio evaluar, como “Ay… ¿a ver? Dale… levantá al muerto” já –digo con una mueca verdaderamente estúpida.
–Por eso te digo lo del huevo podrido, porque en el momento en que decís: “¡Bueno, chau, vámonos! ¡Ya está, ya apareció eso! ¡Más que esto no vamos a saber! Si no llamamos a la policía y levantamos huellas, etc…” ¿no?
–Mh.
–“Porque si no viene la policía, le ponen el polvito ese y quedan las huellas. Después toman las huellas de todos y tienen, además de sueño, las…”
–No, pero ahí empieza el capítulo dos –la interrumpo–, que es: “¡Ay, no! ¡Pero a mí ella me dijo que lo ponga ahí! Entonces lo toqué “antes” y no es que yo…” 
–Claro, pero después ya entra el interrogatorio policial y a otra cosa. Si realmente querían saber quién lo hizo, cosa que no… Después terminan diciendo: “¿Y vos qué pensás?”, “¡¿Y qué querés que piense?! ¡Que es una cargada!” –hace una pausa–. “Que ahora estamos todos bajo sospecha… ¡Yo me quiero ir a mi casa! ¡Tengo sueño!” ¡No…! –dice indignada–. Pero entonces te dicen: “¿A ver qué pensás?” Entonces te ponen ahí frente al micrófono, ¿no? A… y “te tiran el huevo podrido” –canta–. Por eso…
–Y, pero si yo por lo menos tuviera una personalidad así como… Hay una de las chicas que está todo el tiempo diciendo boludeces, toooodo el tiempo, y bueno, te podés reír o no, qué se yo…
–Claro, pero… –me interrumpe.
–¡Pero de repente! –la vuelvo a interrumpir–. Cuando la ponen en un lugar así ella dice una boludez más, que es una boludez más, y todos ja ja está bien, pero como yo no hablo, yo hago cosas y me afirman en un lugar así… es como si se hubiera esperado más… “seriedad” de mí, o más… “ecuanimidad” o no sé qué.
–O: “se lo tiro al distraído” –insiste, con una sonrisa concluyente–. Porque no vas a ser la que vas a venir a opinar sobre el tema seguramente, entonces, para vos es una situación fea en la cual es muy difícil opinar. Porque nadie sabe nada a ciencia cierta, solo que apareció ahí y que ella dice: “Yo no lo puse, alguien me lo puso”. ¿Será verdad, no será verdad? Imposible averiguarlo.

BRILLA POR SU AUSENCIA
–Bueno, en un momento yo…
–¡Si no que cada uno dé su opinión! –me interrumpe.
–…en un momento estaban todos como terribles, y esta chica lloraba y no sé qué y yo decía… ahí es cuando dije: “Bueno, no sé, si se lo hubiera querido robar hubiera apagado por lo menos el celular”, y todos: “¡Ay, no! ¿a ver?”. Entonces llamaron a ver si sonaba y sonó. Porque me dio lástima, ¡la estaban matando! pobrecita… ¡Y aunque hubiera sido ella…! –digo con voz nasal–. Qué sé yo, me sigue dando lástima igual.
–Mh –me dice otra vez con los brazos cruzados y el mentón en alto.
–No sé, ¿cuántos años tiene? ¿22? No sabe ni lo que quiere. A parte, en el estado en el que estaba yo pensaba “o con esto aprendió y no lo hace más, si es que lo hizo, o es una sínica terrible y puede actuar algo así…”, que mejor que no actúe y nos vayamos a dormir, no sé. Porque lo va a seguir haciendo siempre.
–Mj.
–De la manera que fuera, era una manera de cortar un poco.
–De todos modos –anuncia, como si estuviera dando un veredicto–: no hay más qué hacer.
–No. Pero por ejemplo, cuando metí eso, eso de “bueno, puede ser que se lo hayan puesto porque tal cosa”, se armó como… ¡Porque era como que ya está! Estaba definido que era ella, y todos contra ella… y era como una carnicería. Y entonces metí ese dato y todos… se generó como esa duda incómoda que era de la que estábamos zafando si le echaban la culpa a ella y punto. Entonces por eso después me preguntaban: “¿A ver? ¡Dale…! ¿qué?”
–Claro… eh… Estamos hablando de una situación “puntual” muy incómoda –cambia el tono de voz, habla con mucha seriedad–. Que vos decías “cuando… me dan un poco de bolilla y me ponen en evidencia, me siento incómoda”. ¿En otras situaciones también te pasa? Porque acá creo que nadie la pase bien…
–Sí, porque siento como que quieren… meterse adentro de… ¡no sé, me molesta que…! Por un lado me molesta ser como invisible, que nadie me da ni bola. Pero por otro lado medio como que todo lo que hago siempre funciona de manera que… si yo no estoy se nota que no estoy, pero si estoy no se nota que estoy.
–Mjm.
–Entonces cuando alguien se da vuelta y dice “bueno, a ver…”, no sé qué hacer. Siento que se meten en mi intimidad. Cuando me preguntan “qué pensás qué sentís qué te pasa o no sé qué” –digo todo muy rápido, sin pausas. Después me quedo callada un rato–. Porque no sabría qué contestar tampoco.
–Claro, por eso te decía que… digamos que la intervención tuya fue… para intentar descomprimir el ataque hacia esta chica.
–Sí, que al final…
–De que no va a ser tan boluda de que, si lo robó…
–¿Pero si yo no decía nada…? Creo que eso terminaba en que la piba lloraba un montón, no aparecía nunca más ahí y se terminaba ahí. Bah… no sé si va a seguir yendo la mina ahí, pero… No sé, me parecía un poco injusto. Por más que ella hubiera metido el coso ahí, me parecía como demasiado violento, como “¡bueno, pará!”, ¡parecía que le estaban echando la culpa de que el mundo es como es! Casi…
–Mjm.
–Todos sacando toda la ira de toda su vida sobre una chica que puso ahí adentro un bolso –digo, arrastrando un poco la voz.
–Por ahí tienen…
–Ya te digo, hay algo ahí que hace… a esa altura de la mañana estás cansado, tomaste, qué sé yo… la gente está como bastante exaltada.
–Mjm.
–Y cualquier cosa hace que se saquen de quicio.
–Claro, pero parece que en cierta medida vos te habías identificado con ella, ¿no? Con ese lugar del perseguido –sigue cruzada de brazos pero ahora tiene el mentón apoyado en una de las manos.
–No sé, no sabría decirte. Lo que sí me estoy dando cuenta ahora que estoy hablando es que pareciera que fui la única de toda esta gente que se dio cuenta que esta persona la estaba pasando mal, más allá de que lo haya robado o no.
–Claro, me refiero a esto. Vos te ponés en su lugar al decir “bueno, pienso que no sería tan boluda de… de… dejar, de meter esto con el celular prendido”. Es decir, en cierta medida te pusiste en su lugar.
–Puede ser.
–¿No? Fuiste la única que le dio “lástima” –resalta la palabra modulando y gesticulando–. Por eso te digo que en cierta medida te identificaste con la perseguida, que es como te sentís bastante en tu trabajo, ¿no? Como que hacés las cosas bien pero no demasiado notoriamente, algo así como…
–¡No! ¡Que se note está bien! Pero… ¿cómo te explico? Es como que voy ganando lugar…
–Mjm.
–…del que las personas no se dan cuenta, hasta que un día no estoy y dicen “¿y esto quién lo hace? Tal. ¿Y esto? Tal”. Entonces empiezan a notar que…
–Brilla por su ausencia –termina la frase con una gran sonrisa.
–Como que soy necesaria –agrego modestamente–. Lo mismo pasaba en el otro lado con que ordenaba y qué sé yo. ¡Si un día no ordenaba se caía el lugar abajo!
–Mjm.
–Pero… en el otro no lo hacía tan… es como si… fuera la herramienta que adquirí en el otro local. No sé, ya que soy así lo hago y por lo menos lo uso a favor mío.
–¿Y ahora cómo funcionaría a favor tuyo?
–¡De esa manera! –le respondo como si estuviese todo más que claro–. Cuando no estoy hay un montón de cosas que no hay nadie que haga –me desperezo–, y que antes de que estuviera yo no se hacían tampoco.
–Jm jm.
–Entonces es como que generé un lugar, y ese lugar pareciera que es importante –ella no dice nada, tiene la mirada vacía–. Buá… ¡importante! –agrego, hablando cierta modestia, tratando de hacer que vuelva en sí–. Esa palabra es demasiado… Pareciera que genera cierto vacío si no sucede, pero me imagino que no voy tres días y ya está, se olvidaron todos, pero… –me sigue mirando igual–. ¡Nada! Viste que la gente es tan rutinaria, tan…

LA RUTINA Y LAS CLASES DE CANTO
–¿Y esto que vos hacés es rutinario para vos? –parece aburrida.
–Y… empieza a entrar como en un… diálogo con la rutina de los demás. Sí.
–Ajá.
–Por ejemplo yo al principio iba y me divertía, ahora es como que voy porque tengo que ir, no necesariamente porque me divierta.
–¿Vos ibas solamente porque te divertías o porque tenías como un trabajo?
–Porque me parecía que era divertido y que encima, ¡si ese era mi trabajo! Era como más divertido…
–Mjm.
–De repente se está transformando de vuelta en algo en donde… qué sé yo, si no tengo ganas de charlar tengo que charlar, si no tengo ganas de ir tengo que ir, si no tengo ganas de quedarme cinco, seis, siete, ocho… nueve horas me tengo que quedar. Y al principio, como era algo que… no es que yo me presenté y dijimos “bueno, tu contrato es este, vas a estar tantas horas, vas a hacer tal trabajo”. No, fue algo que se fue generando y era como más divertido, pero en un momento llegó a establecerse eso y es eso lo que se repite.
–Digamos que vos fuiste encontrando el nicho donde…
–¡Yo ayudada por ellos también! Porque cada cosa que hacés ellos de alguna manera lo evalúan y lo que les interesa es como que ya lo dejan como parte del trabajo –hablo muy fuerte porque suena una sirena cerca–, y es como que van cerrando lo que va… o sea, no me permiten dejar de hacer eso para hacer otra cosa. No, “esto ya es parte de tu trabajo”.
–Y eso te pone mal.
–Sí, como que no es muy creativo –me arreglo el pelo y miro por la ventana demostrando cierto fastidio por el ruido de la sirena–, ni muy nada. Como que estás ahí…
–¿Y hay cosas creativas que hacer ahí adentro?
–Y… a mí me parecía que… fabricarme un lugar para ponerme a tocar ahí era…
–Claro, lo que pasa es que ahora es medio… –hablamos todo cortado por la sirena–. Te… te detuviste con lo de empezar a tocar, ¿no?
–Sí. Tengo que ponerme a… cantar –hablo con cansancio. Igual estoy medio cantando un poco, tratando de armar algo.
–¿Pero cantando vos en tu casa? ¿Con tu guitarra?
–En mi casa…
–Mjm.
–Cuando puedo y tengo ganas, pero no… no es mucho. Espero tener más tiempo.
–¿Y canto estudiaste alguna vez?
–No… en este tiempo que no vine quise tomar algunas clases con una chica, pero… me sirvió por lo menos para darme cuenta que ni modulo, ni abro la boca, ni canto fuerte.
–Mjm… ¿Y, no vas a seguir?
–Puede ser, lo que pasa es que es medio complicado. A veces voy, a veces no –sigue sonando la sirena–. Pero es complicado por el horario y aparte lo estaba haciendo con esa plata que me pagaron un poco, pero ya no hay más.
–Sí… lugares donde se estudie… es…
–Me habías contado, pero son horarios imposibles para mí.
–No, es que… que no sea de día es el… se llama Instituto de Música y Arte Escénico creo que se llamaba, o el Colón. Son lugares gratuitos.
–¿Gratuitos? ¿No te cobran? ¡El Colón cobra!
–Te tomarán un examen… para ver si tenés condiciones como para entrar, igual que en danza, en todo. Pero… en el Cervantes… ¡en el IUNA puede ser!
–¡Lo que pasa es que eso ya es hacer una “carrera”! –digo entre sirenas–. Es ponerse… o sea, hay que dedicarle muchísimo tiempo y yo no quiero hacer “una carrera”. ¿Para qué me serviría a mí esa carrera? –mientras hablo ella va haciendo diferentes gestos.
–No, si conociera a alguien que hiciera canto te diría, pero no.
–No, pero yo conozco a esta chica, lo que pasa es que…
–¿Te enseña bien?
–Nadie lo va a hacer gratis.
–¡No! ¡Obvio!
–Sí… –golpean la puerta. Ella mira con los ojos y vuelve a mirarme a mí sin mover la cabeza–. ¿Ya es la hora? –pregunto, pero no me contesta. La veo levantarse, abrir y asomarse hacia fuera. Queda con todo el cuerpo en el consultorio y la cabeza detrás de la puerta. Después recibe algo, se incorpora diciendo “gracias” y vuelve a cerrar.
–¿Qué es eso? –le pregunto.
–Una crema –dice muy bajito.
–¿Crema? –me dice que sí con la cabeza. La miro acomodar sus cosas, no hablamos por un rato. Vuelvo a escuchar las bocinas que habían sido tapadas por la sirena.
–Y… entonces, con lo que vos ganás en tu trabajo no te alcanza para pagarle a esta chica –habla seriamente.
–Estoy medio como ajustada. A parte es bastante… varía bastante lo que gano en el trabajo. Depende mucho de las horas que me quedo –bostezo– ¡y me cansa mucho! Entonces a veces digo “bueno, no me voy a quedar hoy porque estoy cansada”, y así es como se van reduciendo mis ingresos. Podría quedarme todos los días un rato más y con eso pago, pero… estoy cansadísima, entonces digo no, es como que tengo que ir eligiendo.
–Mjm –dice muy tranquilamente–. Parece, como lo describís, que estuvieras en el medio de un brete.
–¿Cómo?
–Como lo describís, parece que te hubieras metido en un brete.
–No… –hablo bostezando– siento que finalmente, por más que cambie de lugar, de ambiente… siento… que sigue siendo lo mismo.
–Mjm.
–Porque cambió todo, pero sigue todo lo mismo.
–¿En qué sentido?
–¿Qué cambió? Cambió hasta el horario de trabajo, ¡todo!
–Mh.
–¿Y qué no cambia? Es que sigo teniendo que trabajar un montón de tiempo para tener una casa donde estar, para comer y ya. Como si la vida fuera solamente eso.
–Mjm.
Bostezo. La veo mirar por la ventana.
–El tiempo está asqueroso –dice al rato.
–Sí… ¡encima con la lluvia!
–¿Paró? ¿O sigue?
–No sé, pero los días así dan más ganas de dormir.
–Mmmmsí, ¿no? Bueno… –me mira con dulzura, entornando los ojos– ¿entonces el jueves que viene no venís?
–Vengo el otro.
–El otro. ¡Ok!
Nos levantamos y aprovecho para mirar el pote que dejó arriba de la pilita de cosas, al parecer es un ungüento hecho en alguna farmacia.
–Bueno, chau.
–Chau… suerte.
Nos damos un beso, ella se queda al lado del escritorio mientras yo camino hasta la puerta.
–Igualmente. ¿Cierro?
–No no no.
–Gracias, chau.
Me hace un gesto de despedida.